***Prólogo - Pinceladas Otoñales de Sabiduría
Prólogo
Todo libro tiene alma propia. No solo la de quien lo forjó en sus noches de insomnio, sino también, y quizá sobre todo, la de quienes lo leen, lo sueñan y lo habitan como se habita una catedral donde resuena el silencio. Pinceladas otoñales de sabiduría no nació de un plan. Brotó como un murmullo que subía desde muy hondo, desde la urgencia de nombrar lo que el tiempo me fue revelando en su lengua de silencios. Cada página es una hoja desprendida de mi propio otoño: memoria que se niega al olvido, instante que se hizo palabra para burlar al tiempo.
En este libro está la voz ronca de San Carlos, donde fui niño, el murmullo incesante de Medellín, el frío pensativo de Montreal. Está el eco de mi padre —fantasma luminoso que todavía recorre los pasillos de mi sangre—, la risa clara de Mauricio, mi hijo, y la quietud felina de Sombra, el gato imaginario que aún ronronea en los rincones donde la memoria levanta sus altares. Pero también están tus ojos, lector. Al recorrer estas líneas cumples el gesto sagrado de la lectura: eres tú quien da nueva vida a lo que fue escrito con amor y con esa esperanza que tiembla como una vela en la oscuridad.
Dicen que quien emigra deja atrás algo más que un paisaje. Va dejando pedazos de sí mismo por el camino, teje hilos invisibles que nunca se cortan del todo, raíces al aire que siguen latiendo a través de océanos y continentes. Mi regreso a Canadá en 2006, después de ocho años en México, no fue un simple viaje de vuelta. Fue un reencuentro con las huellas que había ido sembrando, una reconciliación callada con el hombre en que me había convertido. Volver a oír mi propia voz, después de años en que el ruido del mundo la había sepultado.
El aire helado de Montreal me recibió con su abrazo cortante, familiar como una cicatriz antigua, pero esta vez mis pulmones no temblaron. Respiré hondo el olor metálico de la nieve que se anuncia, ese olor a final y a comienzo que precede a las primeras heladas, y sentí que cada bocanada se me volvía memoria. La piel reconoció la caricia áspera del viento del norte, ese viento que susurra en francés mientras desnuda a los arces de su follaje dorado y los deja honestos y vulnerables frente al cielo.
A ella la había conocido a través de una pantalla, en aquel internet recién nacido de los noventa, cuando las palabras viajaban más rápido que los cuerpos. En 1998, tras diez años en Montreal, viajé a México para casarme. Allá el amor se hizo por fin se realidad y me sorprendió como una tormenta en un desierto sediento. Era julio, el aire sabía a magnolias, y ella entró en mi vida con toda su fuerza. Su risa tenía el color exacto del ámbar; su mirada, la hondura de los cenotes sagrados donde los antiguos dioses bebían eternidad. Entendí entonces que hay amores que reordenan el mundo interior, que ensanchan el corazón hacia territorios que no sospechábamos, que nos transforman sin borrar lo que fuimos.
En 2001 la vida, generosa cuando menos lo esperaba y pródiga incluso en su crueldad amorosa, me dio su mayor tesoro: Mauricio. Su primer llanto fue mi big bang personal, un terremoto silencioso que partió mi historia en dos. De sus puñitos cerrados salía un olor dulce, a leche tibia y a todo lo que estaba por venir. Cada noche, al mecerlo en mis brazos, se trazaban rutas nuevas en el mapa de mi vida, senderos que solo el instinto de padre sabía descifrar, como quien lee las estrellas en un cielo desconocido.
Fue una etapa intensa, hecha de luces y penumbras, de esperanzas recién nacidas y de pruebas que me enseñaron a construir un hogar lejos de casa, a levantar una patria en el territorio sagrado del propio corazón. Todavía, en algunas madrugadas, me vuelve el sabor salado de las despedidas. La nostalgia se hace entonces tan tangible como la escarcha en los cristales, y aquellos días mexicanos florecen en el recuerdo con la intensidad de las buganvillas bajo el sol del mediodía.
Cuando volví a Canadá, lo hice solo, y para quedarme. Venía pensando en un futuro mejor para mi hijo. Ya no era el hombre que había llegado en 1988 como turista, con el alma rota y una maleta llena de incertidumbres, y que terminó pidiendo refugio en un país que aún no sabía nombrar. En aquel entonces la ciudad era un laberinto de lenguas extrañas y calles frías que me recibieron como a un náufrago escupido por el mar. Recuerdo las noches de insomnio contando luces en los edificios, estrellas de un cielo ajeno que no reconocía las plegarias que yo susurraba en mi lengua de extranjero.
Esta vez, Montreal me abrió sus brazos nevados como una anciana sabia que reconocía en mí al niño de San Carlos que aún me habitaba, al joven que soñaba, al hombre que por fin me atreví a ser. Las calles se desplegaban como versos de un poema aprendido de memoria en otra vida, en otro cuerpo. El Vieux-Port seguía oliendo a río y a historia, pero ahora yo podía leer en él secretos que antes se me escapaban, mensajes escritos en la lengua antigua de las piedras y del agua que corre sin descanso.
En esta vuelta no había exilio ni miedo mordiéndome los talones. El miedo se había disuelto bajo las capas de lo vivido, convertido en sabiduría como el carbón que se hace diamante bajo la presión de los años. Llegaba con cicatrices que hablaban de pérdidas y de aprendizajes, con un alma templada por las estaciones. Comprendí que cada herida había sembrado en mí un germen de renacimiento, y que todo regreso es, en el fondo, una reconciliación con la propia historia: un tratado de paz firmado con los fantasmas que nos habitan.
Aquellas cicatrices eran como terciopelo gastado por el uso, suaves al tacto de la memoria, firmes como testimonio de lo resistido. Tenía cincuenta y cuatro años. Las sienes plateadas como escarcha de enero, las manos surcadas como un mapa: palmas que conocían el peso exacto de las responsabilidades, dedos que habían tocado tanto la gloria fugaz como el fracaso que se queda y echa raíces. Borges, ese ciego que veía, lo dijo mejor: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho». Yo era ya un hombre tejido de tiempo, de instantes acumulados como sedimentos en un antiguo río que avanza hacia su desembocadura, inevitable y misteriosa.
Así como Montreal cambia con las estaciones —verde en verano, oro en otoño, blanca en invierno, renacida en primavera—, también mi vida fue mudando de piel y de color. El largo invierno de mis primeros años en Montreal dio paso a la primavera mexicana, florecida de amor y de paternidad entre jacarandás y cantos de cenzontle. Después vino el verano productivo, cuando creí tener todas las respuestas y la soberbia me hizo suponer que había resuelto el enigma de existir. Y ahora, en el otoño de mi vida, descubro que las hojas caídas son también ofrendas doradas: abonan la tierra para semillas que germinarán en primaveras que ya no veré.
La soledad me enseñó un idioma secreto, hecho de silencios y de cielos estrellados donde los astros escriben fábulas para quien sabe mirar sin prisa. Descubrí que el corazón es un pozo artesiano: cuanto más hondo cavas en su oscuridad, más clara brota el agua, más nítida la verdad. Allí encontré tesoros que la multitud no conoce ni busca: un amanecer sin apuro, el sabor exacto de un café compartido solo con el pensamiento, la libertad de llorar sin testigos cuando la memoria duele demasiado y el alma necesita vaciarse para volver a llenarse de asombro.
Este libro no persigue un principio ni un desenlace. Es una constelación de pinceladas, huellas de estaciones pasadas que todavía murmuran su verdad a quien se acerca con el oído del corazón abierto. Cada página es un espejo donde quizá reconozcas tu propia sabiduría dormida, esperando que la despiertes con el beso de tu atención.
¿Y no es acaso la sabiduría una forma de magia? Esa alquimia discreta que vuelve extraordinario lo ordinario: una taza de café, una meditación honda; un atardecer, una revelación súbita; una conversación, un encuentro sagrado que nos cambia. He aprendido que lo más luminoso suele esconderse en lo pequeño, en lo que nadie atiende, como las luciérnagas que solo brillan para quien se detiene a mirarlas, para quien está dispuesto a arrodillarse ante el misterio inagotable de lo simple.
Nunca escribí para multitudes que aplauden y olvidan a la mañana siguiente. Escribí para encender una lámpara en la niebla espesa: no para que me vieran a mí, sino para que alguien perdido en la oscuridad encontrara el camino de vuelta hacia sí mismo. Fui dejando migas de pan en el bosque oscuro de la existencia, confiando en que otra alma las siguiera hasta dar con su hogar interior, ese refugio sagrado que todos llevamos dentro y que tan pocos se atreven a habitar del todo.
En este otoño, cuando las hojas se tiñen de oro viejo y las sombras se alargan como recuerdos que se estiran hacia un pasado que ya no se puede recuperar, ofrezco estas páginas como un puente entre corazones solitarios. Que sean un fuego compartido donde otros puedan calentar sus noches frías, un consuelo cuando el mundo se vuelve demasiado áspero.
Que estas pinceladas otoñales encuentren en ti, querido lector, el lienzo que esperaban. Que cada palabra sea semilla de contemplación, y cada página un lugar donde reconozcas tu propia verdad, esa que siempre estuvo ahí, esperándote con la paciencia de las cosas eternas.
A veces escribo como quien se despide de todo lo que ama sabiendo que es la última vez. Sé que cualquier palabra puede ser la que cierre, y por eso la elijo con reverencia, con el cuidado del joyero que pule una piedra destinada a durar. Porque quizá solo en ese borde, cuando ya no queda nada por decir y el silencio dice más que cualquier verbo, la palabra revela su verdadero peso. Y yo, que he vivido entre palabras como en un bosque encantado, sé que algunas solo nacen cuando estamos dispuestos a dejarlas ir, cuando aceptamos que escribir es también una forma de soltar: dejar que lo que amamos encuentre su propio camino en el corazón hambriento de otros.
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María Elena Vásquez ⭐⭐⭐⭐⭐
ResponderEliminarEmigrante colombiana en Toronto desde 1995
Este libro llegó a mis manos en el momento exacto en que mi alma lo necesitaba. Abelardo logra algo extraordinario: transformar el dolor del desarraigo en poesía pura. Cada página me devolvió fragmentos de mi propia experiencia migratoria que creía perdidos para siempre. La forma en que describe el peso invisible del exilio, esa sensación de ser eternamente extranjero en tu propia vida, me hizo llorar de reconocimiento. Es un testimonio valiente de la capacidad humana de reinventarse sin perder la esencia. Especialmente conmovedor el capítulo donde habla de Mauricio y cómo la paternidad reordena las prioridades "como un terremoto silencioso". Un libro que debería estar en las manos de todo latinoamericano que haya cruzado fronteras llevando sueños rotos en las maletas.