*** 8: El territorio sin fronteras
Capítulo 8
El territorio sin fronteras
«Hay lugares que nunca aparecerán en los mapas. No se miden con coordenadas ni figuran en los libros de geografía, pero son muy reales para quienes los han habitado: los territorios de la infancia. Se trazan con pasos de niño, con juegos improvisados y risas que borran cualquier frontera. En ellos nadie pide documentos para pertenecer.»
Manuel volvió a vivir con nosotros antes de lo que cualquiera habría imaginado. Se había ido a vivir con Mario Henao, a una chambre donde la vida cabía entre cuatro paredes, y no logró hacerse a ella. Regresó a la calle Fabre con su maleta y su café de siempre, esta vez como huésped en la casa que nos había dejado, y la casa recuperó una voz que ya echábamos de menos.
Nícola era el dueño de los dos apartamentos del edificio. Vivía en el primer piso, justo debajo de nosotros, y habitaba ese espacio con la solemnidad de quien custodia sus propias ruinas. Caminaba erguido por los pasillos, pero lo traicionaba un temblor que parecía venir de muy adentro: el mal de Parkinson empezaba a firmar sus gestos con una letra que no era la suya. Tiempo atrás, su esposa había muerto de repente, y fue Manuel quien la encontró, por accidente, el día en que bajó a hablar con Nícola. Desde entonces aquel hombre se había hundido todavía más en su soledad, donde los recuerdos se apilaban como muebles cubiertos con sábanas blancas.
Cualquier ruido le parecía una intrusión. Un paso fuera de hora o una carcajada infantil que atravesaba las paredes delgadas bastaban para rasgar su silencio. Mantenía con llave la reja del solar, y su advertencia colgaba como una sentencia que ningún niño se atrevía a desafiar: «Prohibido pasar». El solar era el único camino de la casa a la ruelle, y era territorio vedado: un umbral que solo podía mirarse de lejos, como quien espía un jardín secreto por el ojo de una cerradura oxidada.
En aquella casa el cielo parecía más bajo, como si el peso de las prohibiciones doblara el aire. Los árboles del solar no se inclinaban para contar secretos, como en los cuentos: se encorvaban. Y la cerca crujía como si estuviera harta de dividir. De este lado quedaba el encierro; del otro, una libertad que brillaba sin dejarse tocar.
Mauricio tenía apenas cinco años y los ojos todavía llenos de México, de ese sol que pinta de amarillo las paredes. Pasaba horas asomado al balcón, como un vigía condenado a contemplar un país del que no era ciudadano. Ya tenía un certificado que lo declaraba canadiense, pero para aquel otro país no había papeles que valieran. Abajo, los niños del vecindario armaban repúblicas efímeras de carreras y gritos en la ruelle, o chapoteaban en la piscina inflable de la familia de enfrente, cuya agua azul refulgía bajo el sol. Estaba tan cerca como la baranda del balcón. Y tan lejos.
—Papá, ¿puedo bajar a jugar? —me preguntaba, con esa voz de los niños que ya conocen la respuesta pero guardan la esperanza como una moneda tibia en el fondo del bolsillo.
La respuesta era siempre la misma, y yo la pronunciaba con el sabor amargo de las derrotas pequeñas, esas que se acumulan hasta volverse costumbre: la reja de Nícola seguía cerrada. Yo había cruzado un continente pensando en el futuro de mi hijo, y no podía abrirle una reja.
* * *
El destino, que teje sus tramas con hilos que solo reconocemos cuando el tapiz ya está terminado, guardaba un giro imprevisto. Aquel invierno, mientras la nieve dibujaba en las ventanas sus jeroglíficos efímeros, Nícola se apagó en silencio y se llevó consigo sus llaves. No hubo campanas ni procesión de dolientes; solo una ausencia súbita, como cuando se sopla una vela y el humo es lo único que delata que hubo luz.
Su único hijo, práctico y distante, de esos que aprendieron a medir el afecto en facturas pagadas, nos entregó una carta de desalojo con indiferencia de trámite. Necesitaba el apartamento para él, decía la carta con la frialdad de los documentos legales. Teníamos treinta días para encontrar otro techo.
Otra vez las maletas abiertas sobre la cama como bocas hambrientas. Otra vez la incertidumbre con sabor a metal y a monedas contadas de madrugada. Otra vez desarmar un hogar y guardarlo en cajas de cartón, sabiendo que algo siempre se queda atrás: la sombra del retrato en la pared, el eco de las risas en el pasillo. A Ofelia, que apenas empezaba a sentirse dueña de casa, fue a quien más le costó.
Pero la vida nos puso en el camino a don Lucio, un vecino boliviano que vivía a dos casas y que llevaba en la mirada la sabiduría de quien ha atravesado los mismos desiertos. También él había llegado como refugiado, años atrás, con una maleta de esperanzas rotas. A fuerza de trabajo en una empresa de camiones se había hecho dueño de dos apartamentos, prueba viva de que a veces, solo a veces, los finales pueden ser distintos del comienzo.
Supo de nuestra situación —en los barrios de inmigrantes las noticias se filtran por las paredes como la humedad y llegan antes que las cartas oficiales— y nos ofreció su vivienda libre sin aspavientos, con la generosidad de quien conoce el frío del desamparo. Era también un segundo piso, amplio y luminoso, con un solar que daba a la ruelle y vista directa a la piscina de los niños: el paraíso azul que Mauricio había contemplado tantas veces como quien mira la tierra prometida sin poder cruzar el río.
El alquiler era casi el doble. La cifra hizo crujir nuestro presupuesto como madera vieja, pero bastó ver a mi hijo con los ojos clavados en el agua turquesa para saber que no había vuelta atrás. Hay sacrificios que no se cuentan en dólares.
Don Lucio entendía —quizá porque había criado a sus hijos en esa misma calle, o porque aún recordaba sus propias hambres de niño— que la infancia es un territorio tan sagrado como frágil, y que basta con que un adulto olvide el idioma de la alegría para que un niño crezca creyendo que la felicidad es cosa de otros. Cuando Manuel le explicó nuestra urgencia, con palabras torpes que no alcanzaban a contener tanta angustia, a don Lucio se le iluminaron los ojos con una comprensión que no necesitaba traducción.
—El paso por el solar queda abierto —dijo, y extendió la llave—. Lo pondremos en el contrato, aunque las cosas importantes no necesitan tinta. Que el niño corra. Que los niños sean niños, antes de que se les olvide cómo se hace.
Aquella llave no era solo un pedazo de metal salido de alguna ferretería anónima. Era un pasaporte al país de los juegos compartidos, donde la felicidad no pide visa y la única aduana es la de un corazón dispuesto a la maravilla. Aquel derecho de paso, que para don Lucio fue apenas un gesto, le cambió la vida a mi hijo.
* * *
La primera mañana en el nuevo apartamento, Mauricio bajó las escaleras con un balón bajo el brazo y cruzó el solar con la llave repiqueteando en el bolsillo como una campanilla. No llevaba escudo ni credenciales, pero tenía algo mejor: la bendición de un adulto que entendía que los niños necesitan correr y gritar sin pedir disculpas por existir.
Los otros niños ya lo esperaban en la ruelle, como si las buenas noticias viajaran por canales secretos que los adultos ya no sabemos sintonizar. Morgan, Maxime, Elías y el pequeño Noha, que tantas veces le habían hablado hacia arriba, lo recibieron en el esperanto de la infancia: una pelota que rueda sobre el asfalto, una risa que estalla, una mano tendida que no pregunta de dónde vienes ni cuánto tiempo te vas a quedar.
Desde la ventana, los adultos mirábamos la escena con el corazón apretado por una melancolía sin nombre. Ese país también fue nuestro alguna vez, aunque hubiéramos olvidado la contraseña para volver a entrar. La piscina dejó de ser una postal de felicidades ajenas y se convirtió en el corazón de las tardes de verano que se acercaban.
Mauricio se zambullía en esa agua como quien recupera un sueño largamente aplazado. Cada chapuzón borraba un día de balcón; cada risa escribía una página de esa infancia que habíamos temido ver llena de capítulos en blanco.
* * *
Como si el universo quisiera compensar los meses de encierro, llegó Kandy: una perrita pequeña, del tamaño justo para el hueco que no sabíamos que teníamos en el pecho, de pelaje color miel y ojos chispeantes. Era de una amiga de Manuel que debía viajar a Colombia por tres meses y no tenía con quién dejarla.
Manuel, que nunca se había considerado amigo de los animales —miraba a los perros del vecindario con desconfianza, como a criaturas de otro planeta—, aceptó cuidarla casi sin pensarlo, con esa impulsividad generosa que a veces le ganaba a la razón. Desde el primer día la casa se llenó de otra energía, como si alguien hubiera abierto una ventana y el aire fresco barriera las telarañas de la rutina.
Kandy corría por los pasillos como si sus patas no tocaran del todo el suelo. Saltaba sobre las camas con la audacia de un acróbata que ignora la palabra «prohibido» —y después de la reja de Nícola, esa ignorancia era una bendición— y perseguía cualquier pelota con la entrega de quien ha encontrado su vocación. Su lealtad era absoluta, como la de quien no conoce la traición.
Mauricio se enamoró de ella en el acto, con la rapidez con que los niños reconocen a sus iguales. La seguía como una sombra y le confiaba al oído secretos que a nosotros nunca nos contaría; hay cosas que solo se le dicen a un perro. Por primera vez desde nuestra llegada a esta ciudad de inviernos largos, le vi en los ojos la chispa de quien ha encontrado un compañero que no juzga ni pregunta: simplemente está.
Las tardes se llenaron de persecuciones que acababan en abrazos y de carreras sin meta. Los niños coronaron a Kandy reina de la ruelle y mascota oficial de su república secreta. Corría entre las bicicletas como un cometa dorado y se dejaba abrazar por quien necesitara consuelo, porque sabía, con ese instinto de los animales, quién cargaba una tristeza. Bastaba un movimiento de su cola para decir: «Todo está bien. Yo estoy aquí».
Manuel asumió el oficio de paseador con una dedicación que lo sorprendía a él mismo. Salía con ella cada mañana y cada tarde, mientras el sol alargaba las sombras sobre el pavimento. Al principio lo hacía con distancia, como quien cumple un deber, pero la perrita fue ablandándolo como agua tibia sobre el hielo. Manuel se había casado una vez, tan de paso que casi no contaba, y desde entonces había vivido como un soltero eterno, sin hijos. Aquella ternura lo tomó desprevenido.
Una tarde, en el parque cercano, con las hojas de otoño crujiendo bajo los pies, dijo en voz baja, casi para sí mismo:
—Nunca pensé que un animal pudiera cambiar tanto una casa. Es como si hubiera traído algo que no sabíamos que nos faltaba.
Un domingo de cielo despejado subimos todos al Mont-Royal con una canasta de picnic que llevaba más esperanza que comida. Mauricio y Kandy desaparecían entre los árboles por senderos que parecían conocer solo ellos y reaparecían más adelante: él con las mejillas encendidas, ella con la lengua afuera y cada salto convertido en una risa de perro.
En la cima nos sentamos a contemplar Montreal, extendida a nuestros pies. Ya no nos parecía tan ajena; empezaba a decirnos su nombre con cierta familiaridad. Kandy se acomodó junto a Mauricio, y los dos miraron el horizonte como exploradores que acaban de conquistar una cumbre secreta. Con el viento en el pelo, comprendí que la felicidad, a veces, tiene forma de perrita dorada y de niño que ha recuperado el derecho a correr.
Si alguien me preguntara por los mejores días de Mauricio en aquellos años, no tendría que pensarlo: fueron los de Kandy.
Los meses pasaron como hojas arrancadas del calendario. Cuando su dueña volvió de Colombia, con las maletas llenas y los ojos cansados, la casa quedó en un silencio inesperado, como cuando se apaga una música que no sabíamos que estaba sonando.
Mauricio la abrazó por última vez con esa intensidad de los niños cuando presienten que algo hermoso se acaba, y le susurró con la voz temblorosa pero firme:
—Gracias por ser mi amiga, Kandy. Nunca te voy a olvidar. Cuando sea grande y tenga una casa, voy a tener un perro como tú.
Manuel, que había aprendido a quererla en silencio, como quien aprende un idioma sin decirlo en voz alta, le acarició la cabeza con una ternura que ya no necesitaba disfrazar. Kandy se fue como había llegado, sin ceremonias. Nos dejó el eco de sus ladridos y la certeza de que en aquella casa los milagros pequeños eran posibles.
* * *
El verano avanzaba y la ruelle se volvía cada día más un país inventado, donde los pasaportes eran sonrisas y las leyes se escribían con tiza de colores sobre el asfalto tibio. Un sábado que olía a pan recién horneado, Bruno, el padre de Maxime y Morgan, volvió de un viaje largo. Apareció en el patio trasero con la ropa todavía impregnada de otros aires y el cansancio de quien ha cruzado tantos husos horarios que ya perdió la cuenta.
Se detuvo en el umbral entre la casa y la ruelle, apoyado en el marco de la puerta como un marinero que busca el equilibrio después de meses en alta mar, y miró a los niños como quien redescubre un país que solo había existido en su memoria durante las noches de hotel.
Allí estaban sus hijos, ciudadanos de pleno derecho de ese reino donde la ciudadanía se gana con abrazos y no con sellos de notario. Y allí estaba Mauricio, con las rodillas raspadas —medallas de toda infancia bien vivida— y la voz todavía cargada de acento mexicano. Ya no era el forastero del balcón: conocía todos los rincones de la república.
Geneviève, la madre de Noha, una mujer con la serenidad de quien ha aprendido a encontrar belleza en lo simple, bajó con una jarra de limonada; los hielos tintineaban como campanillas. Norah trajo makroudh tibio, que olía a cocina de abuela, a manos que amasan cariño junto con la harina. Y Morgan bajó corriendo con una caja de galletas caseras, de esas que ninguna panadería sabe imitar.
Los niños se sentaron en una manta tendida en el suelo, como si repitieran un rito que une todas las infancias del mundo: las de las arenas de Marruecos, las de los cafetales de Veracruz y las que aprendieron a caminar sobre la nieve de Quebec. Mauricio probó el makroudh y cerró los ojos con esa concentración que ponen los niños ante un sabor nuevo. Le supo a secreto compartido.
Noha, el más pequeño, un niño de ojos enormes, mordió una galleta y dijo, con ese francés que cantaba como agua de río:
—Comme chez grand-maman.
Después, con la curiosidad limpia de quien aún no sabe que hay preguntas que no se hacen, se volvió hacia Mauricio:
—¿Por qué tu mamá dice «mi amor» y Norah dice habibi? ¿Es lo mismo?
Mauricio sonrió con una sabiduría precoz:
—Es lo mismo. Solo que en otra música. Como cuando cantas la misma canción en otro idioma: igual te pone feliz.
Así, entre sabores que curaban la nostalgia y palabras prestadas que se mezclaban sin pedirle permiso a ninguna gramática, fundaron su país. Un país de bicicletas que chirriaban y meriendas que sabían a todos los hogares del mundo, sin mapas ni banderas, donde los adultos solo pueden entrar si recuerdan lo que era tener barro en los zapatos y un monstruo bueno debajo de la cama.
* * *
Una tarde de septiembre, cuando el viento despeinaba los árboles y las primeras hojas doradas hacían su última reverencia antes de tocar el suelo, los niños recorrían la ruelle en bicicleta, explorando su territorio en busca de dragones dormidos bajo las alcantarillas y castillos escondidos detrás de los garajes.
Yo dormía la siesta de quien trabaja de noche y le roba horas al día para recuperarse. Un grito me despertó de golpe. Tenía el timbre inconfundible del dolor infantil: no el llanto de quien pide atención, sino el alarido de quien acaba de descubrir que el cuerpo puede traicionarlo.
Corrí descalzo hasta la calle, con el corazón desbocado. Mauricio estaba en el suelo, rodeado por sus amigos, que habían cerrado un círculo a su alrededor como guerreros que custodian a su príncipe herido. Elías sostenía la bicicleta volcada con una mezcla de ternura y culpa. Morgan retenía de la mano a Noha para que no se acercara demasiado. Maxime miraba con los ojos muy abiertos, entre la fascinación y el miedo, como quien descubre de pronto que los cuerpos son frágiles.
Me arrodillé junto a mi hijo con esa angustia de los padres que no tiene nombre.
—Papá… —sollozó, y se aferró a mí con la fe absoluta de los niños en que sus padres pueden curarlo todo.
Había querido frenar con el pie, como todos los niños intentan alguna vez, y el zapato se le quedó atrapado entre los radios de la rueda trasera. La uña del dedo gordo sangraba, levantada como una puerta a medio abrir.
Lo tomé en brazos —pesaba más de lo que yo creía; crecía sin que me diera cuenta— y fuimos al hospital. Por el camino contenía las lágrimas con esa valentía de los niños heridos que no quieren decepcionar a su padre.
En urgencias nos recibió una enfermera de ojos chispeantes y acento quebequense que cantaba al hablar. Tras un poco de teatro con una jeringa gigante, más amenazante que eficaz, le curó la herida con la ternura y el humor de quien ha visto pasar cientos de rodillas raspadas.
—Los accidentes son el precio de la libertad —dijo mientras vendaba el dedo, con la delicadeza de quien envuelve un regalo frágil—. Mejor un niño con cicatrices que un niño con miedo. Las cicatrices se borran; el miedo se queda toda la vida, como un inquilino que nunca paga la renta.
De vuelta a casa, con el cielo teñido de naranjas y rosas, Mauricio exhibía su dedo vendado como un veterano sus condecoraciones. En la ruelle, los otros niños lo rodearon y tocaron el vendaje con reverencia, como se toca una reliquia.
Esa noche, mientras lo ayudaba a dormirse, me preguntó con la voz ya pesada de sueño:
—Papá, ¿los otros niños también tienen historias de accidentes?
Sonreí. Pensé en mis propias cicatrices, las que me dejó la infancia en San Carlos: marcas que ya no duelen y siguen ahí como mapas de una geografía aventurera.
—Claro que sí. Y cada una se vuelve una historia. Algún día les contarás a tus hijos del día en que el pie se te atascó en la bicicleta, y van a pensar que eres el hombre más valiente del mundo.
* * *
Mientras los adultos cargábamos con nuestras historias migratorias —formularios que pedían datos que no teníamos, acentos que corregir con una vergüenza que dolía en el orgullo, títulos que apostillar ante burocracias que medían a las personas en sellos—, nuestros hijos habían descubierto un territorio más simple y más hondo: la ciudadanía de la infancia.
Allí no se pedían permisos de residencia. La ciudadanía se ganaba corriendo descalzo por la ruelle, compartiendo recetas de abuela en cocinas prestadas, riendo con una risa que cruzaba las fronteras como los pájaros, sin que ningún oficial de inmigración pudiera detenerla.
Su república tenía leyes no escritas, pero inquebrantables. El turno del columpio se respetaba como un pacto. Las lágrimas se secaban entre todos, sin preguntas, con pañuelos prestados y abrazos. Y nadie se quedaba sin merienda, sin importar el pasaporte que sus padres guardaran en el bolsillo del abrigo, viniera de Marruecos o de México, de Haití o de Bolivia.
Cuando llegó el frío y la ruelle se volvió un pasillo blanco donde las pisadas crujían como papel arrugado, Joel construyó su legendario tobogán de nieve. Cada día era más grande y más audaz, una montaña levantada sin planos, alimentada por la imaginación de los niños y la paciencia de unos adultos que habían aprendido a no podar la alegría con prohibiciones. Giselle lo adornó con banderitas de todos los países del barrio.
Los niños se deslizaban gritando en una mezcla de idiomas que solo ellos entendían. Mauricio celebraba en español cuando alcanzaba velocidades de vértigo, consolaba en francés a quien se caía y reía en ese idioma común de todos los niños cuando la alegría los desborda.
En el calor del apartamento, mientras el invierno dibujaba cristales en las ventanas y los niños planeaban la próxima aventura en su dialecto de español, francés, árabe y risas, comprendí algo que a los adultos nos toma décadas descifrar y que ellos sabían desde el primer día: las raíces no necesitan hundirse en una sola tierra para crecer fuertes. Se puede ser de muchos lugares a la vez sin traicionar a ninguno, aunque los formularios oficiales tengan una sola casilla para «país de origen».
Nosotros, los mayores, seguíamos preguntándonos de dónde veníamos y hacia dónde íbamos, atrapados en una geografía que nos obliga a definirnos por coordenadas. Nuestros hijos ya habían dado con una respuesta más sencilla: hogar es cualquier lugar donde alguien te espera con una sonrisa y un pedazo de merienda, donde nadie te pregunta de dónde vienes y te dicen, sin más: «Aquí está tu sitio».
* * *
Cuando veo a Mauricio correr por el callejón, persiguiendo entre los muros de ladrillo mariposas que solo él ve, siento que el eco de mi propia infancia me resuena en el pecho como una campana antigua que alguien ha vuelto a tocar. Por un instante somos el mismo niño: descalzo, curioso, libre, explorando un mundo que todavía no termina de descifrar y que abraza, sin embargo, con toda su confianza.
Todavía no habla el francés con la soltura de quien nació aquí, pero eso no le impide reírse a carcajadas, inventar juegos con reglas que solo sus amigos entienden y hacer amigos con la facilidad de quien conoce el código secreto de las miradas. La infancia es un idioma tan antiguo como el aroma de las guayabas maduras en la Hacienda Dinamarca, donde yo crecí. Así como yo descifraba entonces los secretos de los árboles y las quebradas, Mauricio descifra ahora los de la amistad: miradas cómplices, carreras sin destino, carcajadas que no necesitan traducción.
A veces, mientras lo veo jugar con sus amigos de todas las latitudes, me parece que la brisa trae el murmullo de los cafetales de mi niñez y el olor de la tierra mojada después de la lluvia. Como si la hacienda se hubiera estirado por encima del océano para envolverlo y decirle al oído que no le tema a lo desconocido.
La infancia es la patria secreta que se nos esconde cuando nos volvemos serios, cuando empezamos a usar corbata y a preocuparnos por las hipotecas, pero nunca se va del todo. Es un país diminuto y vasto, donde el tiempo no obedece a los relojes y las fronteras se dibujan con tizas que la lluvia borra para que mañana las tracemos de otra manera. Allí los charcos son océanos y las piedras, islas por descubrir. Y en el centro del jardín hay una flor que solo ven los niños, porque todavía no han aprendido a separar lo real de lo imaginado.
Si alguna vez nos sentimos perdidos en este mundo de adultos, si todo se vuelve árido como un desierto, quizá convenga sentarse en silencio, como lo haría un niño en medio de ese desierto —sin pánico, con curiosidad—, y preguntarle al alma, muy bajito: «¿Dónde está tu flor? ¿Dónde dejaste el dibujo del cordero? ¿Dónde guardaste el rugido de tus monstruos buenos?».
Tal vez entonces volvamos a ver con los ojos de antes. La infancia no nos abandona: espera, paciente como un árbol que sabe que las estaciones regresan, a que volvamos a buscarla.
Y, sin embargo, hay una pregunta que me persigue de noche, cuando Mauricio ya duerme y la ciudad se hunde en su letargo de hielo: ¿cuánto tiempo puede un niño vivir en dos países a la vez sin que uno empiece a borrársele, como tinta bajo la lluvia? ¿Cuál se desvanecerá primero: el que lo vio nacer, con sus colores y sus aromas primeros, o este, con sus amigos de mil orígenes y sus risas en tres idiomas?
La infancia no nos abandona, es cierto; lo sé porque todavía oigo en sueños el murmullo de las quebradas de San Carlos. Pero a veces, sin que suene ninguna alarma, cambia de rumbo como un río que encuentra otro cauce. Y cuando queremos mirar atrás, descubrimos que el camino de regreso ya no está donde lo dejamos: los senderos de la memoria, como los del monte, se cierran si no se caminan.
¿Qué recordará Mauricio cuando sea grande y les hable a sus hijos de su infancia? ¿Las calles de México donde dio sus primeros pasos, o esta ruelle donde aprendió que la amistad no tiene nacionalidad? ¿El español de su madre o el francés de sus amigos? Yo espero que recuerde que tuvo la suerte de llamar hogar a más de un lugar, sin renunciar a ninguno, y que pudo querer a las dos tierras con la misma fuerza.
Afuera, la nieve sigue cayendo como si quisiera borrar todas las fronteras. Mauricio duerme y sueña, quizá, con volcanes mexicanos y montañas canadienses, con abrazos de abuela que huelen a tortillas recién hechas y con risas de amigos que saben a makroudh y a jarabe de arce.
Mañana volverá a salir a perseguir sus mariposas invisibles. Yo no pienso decirle que no existen.
«Las memorias cobran vida plena cuando se convierten en diálogo. Cada historia que comparto busca encontrar eco en las suyas, cada recuerdo anhela despertar otros recuerdos. Porque al final, todos somos niños que alguna vez corrimos por alguna ruelle*—real o imaginaria—persiguiendo mariposas que solo nosotros podíamos ver.»*
Video de Maury y Candy
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Don Abel, definitivamente los niños nos enseñan a vivir felices, pero cuando dejamos de ser niños, empieza nuestro calvario. Muy bueno este capítulo me gustó y me enseñó,me transportó y gracias a Dios estoy también viviendolo con mis nietos hermosa etapa de nuestra vida.
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