29 La gravedad de los recuerdos
Capítulo 29 La gravedad de los recuerdos La noche llegó como llega siempre en Montreal cuando octubre se despide: sin ceremonia, apenas un deslizarse de grises a violetas hasta que el azul profundo se apodera del cielo y uno descubre —siempre con sorpresa, aunque suceda cada día— que el mundo ha cambiado de rostro mientras uno pestañeaba. Subí hasta la terraza del piso diecisiete llevando conmigo ese peso particular que no duele pero tampoco deja respirar del todo, ese lastre invisible que uno carga cuando los recuerdos insisten en quedarse pegados a la piel como humedad. Me pregunto qué soy mientras las baldosas del pasillo resuenan bajo mis pasos, como si el suelo quisiera recordarme que existo, que aún no me he disuelto completamente en esta arquitectura de ausencias. El ascensor zumbaba con su ronroneo metálico, ese murmullo que ya se ha fundido con mi respiración nocturna, como si el edificio tuviera pulmones que exhalan memorias. A veces creo que este artefacto vertical e...