9: "Memorias de un sobreviviente profesional"

Capítulo 9

"Memorias de un sobreviviente profesional"

«Hay hombres marcados por una gracia inexplicable: la muerte los visita con frecuencia, pero siempre se confunde de dirección y se lleva a otro. No es que escapen a ella —todos la encontramos—, sino que parecen habitar un pliegue del tiempo donde las tragedias olvidan sus nombres.»


Manuel González pertenecía a esa estirpe rara de personas que desafían toda explicación: un sobreviviente nato, como gato que encuentra la forma de caer de pie incluso cuando el suelo ya no existe. Daba la impresión de haber salido de un cuento lleno de sorpresas, escrito por alguien con demasiada imaginación y poco apego a las leyes de la probabilidad. Su vida, tejida de episodios que rozan lo inverosímil, avanzaba como si la guiara una voz antigua —hecha de recuerdos, azares y pequeños milagros cotidianos. Nunca buscó llamar la atención ni dejar huella en piedra o bronce, pero la vida misma se encargaba de recordarlo, como se recuerdan los objetos que nos salvan en los momentos más oscuros.

Cuando evoco a Manuel González —el joven mesero de los años setenta en las heladerías de Itagüí, convertido con el tiempo en cronista de lo imposible—, comprendo que ciertos encuentros no son casualidades, sino citas que la vida programa con décadas de anticipación. Lo conocí tangencialmente a mi llegada a Canadá en 1988, pero fue tras mi regreso de México a Montreal, en 2006, cuando nuestras vidas se entrelazaron de lleno. Me alojé en su apartamento de la calle Fabre —ese santuario de manías, papeles y silencios meticulosamente organizados— y allí comenzó una convivencia que se transformó en revelación.

Entre cafés y confesiones, entre el McDonald's de la calle Castelneau y el Tim Hortons de Jean-Talon, Manuel me abrió no solo las puertas de su hogar, sino los pasadizos secretos de una existencia escrita en un idioma que la muerte nunca logró descifrar. Nos volvimos fieles de esa liturgia urbana: dos hombres de mediana edad desgranando décadas como quien pela una cebolla —capa por capa, lágrima por lágrima, con ese ardor en los ojos que produce tanto el tubérculo como la nostalgia.

Mis hermanos mayores lo conocieron cuando nuestra familia, recién llegada de San Carlos, se instaló en Itagüí. Su hermano Hernán trabajaba en la heladería ‹Bosques de Viena›, templo de tertulias domingueras, helados con más licor del prudente y tragos clandestinos disfrazados de postres familiares. Por entonces, Manuel orbitaba nuestras sobremesas como satélite excéntrico: hablaba poco, observaba mucho, y guardaba sus palabras con la avaricia del que sabe que cada una vale oro.

Solo en nuestra madurez compartida descubrí que aquel hombre no era simplemente un viejo conocido, sino un archivo parlante de episodios insólitos. Poseía el don de convertir tragedias en anécdotas con moraleja y de relatar absurdos como si fueran parte del manual de instrucciones de la vida. Un manual, eso sí, escrito en letra pequeña y con muchas erratas del destino.

‹En esta ciudad solo me mataron tres veces... pero por fortuna, siempre fue otro el que se llevó el entierro› —decía con esa sonrisa que mezcla sobreviviente con filósofo de café.


El retrato del superviviente

O cómo convertir el orden en religión y el desorden ajeno en cruz personal

De estatura mediana, ojos azulosos de "gringo chiviado" y carácter más rígido que media de misa planchada, Manuel había convertido el orden en su religión personal... y el desorden ajeno en su cruz cotidiana. Su cama parecía altar papal: sábana púrpura sin una arruga, cobija estirada con precisión militar y cojines dispuestos como esperando al Papa —pero que llegara descalzo, eso sí, para no ensuciar.

Conservaba garantías amarillentas de electrodomésticos que ya descansaban en paz en el cementerio de la obsolescencia tecnológica. Papeles añejos como arepa olvidada al sol, archivados con el mismo fervor con que otros guardan cartas de amor. Pero Manuel prefería un recibo de licuadora a cualquier poema, por bien rimado que estuviera.

"Uno nunca sabe cuándo ese microondas traicionero va a resucitar reclamando explicaciones", decía con la gravedad de quien recita las Escrituras en domingo de ramos.

No tomaba ni una gota, pero cuando lo hacía "por nostalgia" —o porque la vida lo había empujado contra las cuerdas—, se bajaba el aguardientico como quien se confiesa: rápido, sin remordimiento, y con la excusa bien masticada de antemano. Del amor conoció poco, y del matrimonio apenas una temporada corta y sin comerciales: "Una película de domingo en la tarde, sin libreto, sin banda sonora… y con un final que ni el perro lloró", decía él, con ese humor que curaba más heridas que el Diclofenaco de farmacia.

Llegó a Canadá en 1972 con más dudas que palabras en inglés y una maleta que apenas cerraba, no por llena, sino por falta de fe en el futuro. Venía con mi hermano Gonzalo, que era igual de perdido pero con menos cara de turista despistado. Desde entonces, la vida lo fue vistiendo de oficios, calamidades y milagros pequeños, todos bien doblados como ropa de domingo que se guarda para ocasiones especiales.

Y aunque parecía que lo perseguía el karma con cédula, pasaporte y visa en regla, él seguía contando la vida como chisme largo, lleno de pausas para el tinto y moralejas que no siempre servían de mucho, pero hacían reír. Porque Manuel, a falta de hijos propios, dejó dichos, historias y carcajadas que todavía no tienen dónde jubilarse.


El ahogado que regresó

Primera muerte: por agua y salvación muda

La primera vez que Manuel González se murió —o al menos ensayó seriamente la escena—, todavía peinaba melena de trovador errante y lucía una inconsciencia tan larga que se necesitaba visa para recorrerla completa. Era joven, tropical y convencido de que la muerte era una metáfora literaria que solo les pasaba a los demás, a los personajes de novela, nunca a uno mismo.

Ese domingo cualquiera, armado de flotador mental y ganas de hacer historia sin testigos, fue a parar con sus amigos a las orillas del río Cauca, ese brazo de agua con memoria larga y poca paciencia para los imprudentes. Los amigos, expertos en "nadar de oído" —esa modalidad criolla donde se improvisa más que se practica—, le dijeron que el truco era dejarse llevar por la corriente, como si fuera fácil confiar en un líquido con antecedentes penales.

Manuel, criado entre aceras y patios urbanos pero no precisamente cerca de aguas bravas, no sabía nadar ni tenía intenciones urgentes de aprender. Pero esa tarde, contagiado por los ímpetus de la manada y con el ego inflado por la testosterona del grupo, cometió la imprudencia que marcaría su primera resurrección documentada: se lanzó al río. Tal cual. Sin flotador, sin plan B y, sobre todo, sin que nadie supiera que el hombre no flotaba ni en el pensamiento abstracto.

Las primeras brazadas de Manuel parecían coreografiadas por la esperanza: mucho brazo, poco avance, y una sonrisa valiente que intentaba convencer al resto de que todo estaba bajo control profesional. El agua, sin embargo, no compró el cuento. Apenas había recorrido unos metros cuando se esfumó bajo la superficie con el dramatismo de un actor en su escena final, dejando apenas unas burbujas como epitafio.

Lo siguiente fue digno de película muda: apareció río abajo, manoteando como si el idioma del auxilio necesitara gestos universales que trascendieran las barreras del pánico, mientras sus pulmones protestaban en dialectos que nunca aprendió en ninguna escuela.

A los cinco minutos, Manuel ya no nadaba: se hundía. El río lo tragaba con la parsimonia de quien saborea un bocado lento, sin prisa pero sin pausa. Sus pulmones protestaban en lenguas antiguas que desconocía, y su vida —esa película borrosa que dicen que aparece en los últimos instantes— comenzaba a proyectarse en cámara lenta: la heladería de Itagüí, el hermano Hernán sirviendo tragos disfrazados, los domingos sin urgencia, todo pasaba como sombras de luz en el agua turbia. Apenas distinguía la superficie, ese techo líquido que se alejaba como un cielo cada vez más inaccesible, más ajeno, más definitivo.

Sus amigos, confiados en que Manuel era delfín tímido que pronto emergería con alguna broma, no notaron su ausencia inmediata. Mientras ellos se secaban al sol y abrían la sandía con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo, él era arrastrado por la corriente, entregado a los caprichos de un río que no perdona fanfarrones ni perdona nada.

Y allí, cuando ya la cosa iba camino de tragedia en horario estelar y sin comerciales de por medio, ocurrió el milagro. En una curva del río, más abajo, lo vio pasar alguien que no tenía por qué estar ahí... pero estaba. Rubén, primo lejano de Manuel, sordomudo de nacimiento y nadador de corazón, se lanzó al agua sin pedir explicaciones que no podía oír, sin gritar advertencias que no podía pronunciar, guiado solo por el instinto puro de los ángeles camuflados entre los mortales.

Lo sacó como quien rescata un saco con vida dentro, lo reanimó con gestos que desafiaban toda lógica médica convencional, y lo devolvió a este mundo con la discreción de los héroes que no piden medallas ni aplauso ni reconocimiento en actas oficiales.

Cuando Manuel abrió los ojos —tosiendo agua turbia y dignidad mojada—, lo primero que vio fue la cara empapada de su primo Rubén, y lo primero que dijo fue algo que no se puede repetir en familia... pero que incluía a Dios, al Cauca y a todos los santos patronos disponibles en el santoral católico.

‹Rubén no podía oír mis gritos de auxilio› —relataba Manuel con esa ironía que destila quien ha comprendido que el absurdo es la única lógica posible del universo—. ‹Pero tuvo la intuición de salvarme. Los ángeles, parece, no necesitan oídos para escuchar súplicas. Tienen antena interna.›

Esas pequeñas humillaciones de la vida —confundir valentía con imprudencia, creer que uno nada cuando apenas flota en la ilusión— no eran solo anécdotas para el café. Eran cicatrices invisibles del hombre que aprende a base de golpes que la soberbia es mal flotador.


El intruso nocturno

Segunda muerte: por pánico domesticado y control remoto heroico

Manuel González solía decir que Montreal era tan segura que uno podía dejar la conciencia en la puerta y, al volver al día siguiente, seguía ahí intacta esperando a su dueño. Se enorgullecía de vivir en una ciudad donde los periódicos dormían en las esquinas junto a un tarrito para el pago honesto, como si los ladrones hubieran emigrado a otra dimensión más rentable.

Su vida, silenciosa como biblioteca sin estudiantes en período de exámenes, transcurría entre rutinas de jubilado zen: té de manzanilla a las ocho, pijama a las ocho y cuarto, y sueño profundo a las ocho y media, como buen gallinazo civilizado que se acuesta con las gallinas. El apartamento quedaba en tinieblas desde temprano, proyectando al mundo esa atmósfera inconfundible de ‹no hay nadie, pásenlo por debajo›.

Pero una noche cualquiera —porque todas las tragedias empiezan en noches perfectamente cualquiera—, a eso de las nueve, sonó el teléfono. Manuel no contestó. Para él, a esa hora solo se hablaba con Dios, y eso si uno era monje con permiso especial. A las diez volvió a sonar, más insistente. Tampoco respondió. Se limitó a cerrar la puerta de su alcoba con la seriedad de quien tranca un portal hacia el más allá.

Entonces comenzó la media hora más larga desde que Montreal tiene calendario impreso. Primero, los pasos: no los suyos, ni los de algún vecino trasnochador, sino los inequívocos pasos de alguien que no debía estar allí... y que no venía precisamente por una taza de azúcar prestada. Luego, el chirrido de puertas abriéndose con sigilo profesional, cajones deslizándose, bolsas siendo llenadas con el método del ladrón experimentado. Manuel, que hasta ese momento se creía hombre de mundo y temple probado, quedó convertido en estatua de sal y miedo: tieso, mudo y más blanco que el arroz frío de la cena olvidada.

Lo peor vino cuando sintió cómo la perilla de su puerta giraba suavemente, probando, tanteando, como si la muerte misma llevara pantuflas de terciopelo para no hacer ruido. La cerradura bailaba con disimulo experto, y Manuel, sudando por lugares donde no sabía que se podía sudar, se aferró al único objeto contundente a su alcance en la mesita de noche: el control remoto de la televisión. No era espada ni pistola, pero era lo que había.

Y allí, entre el terror primitivo y una súbita iluminación del espíritu —o quizás un cortocircuito emocional de alta tensión—, hizo lo impensable: lanzó el control contra la puerta con todas sus fuerzas, acompañado de un grito casi tarzanezco, mezcla de furia ancestral, telenovela en su clímax y berrinche de niño asustado. El estruendo fue tan violento como inesperado: el control voló como proyectil patriótico en defensa del territorio nacional.

Lo siguiente fue tropel de pasos en desbandada, como si hubieran tocado la campana de evacuación de Los juegos del hambre, y en segundos se oyó cómo los supuestos ladrones huían escaleras abajo a velocidad olímpica, abandonando lo empacado, lo planeado, el botín a medio llenar y hasta el aliento que traían prestado de puro susto.

Cuando Manuel por fin se atrevió a salir —al amanecer y con una escoba que más parecía símbolo de dignidad recuperada que arma defensiva—, se encontró con la puerta entreabierta, unas bolsas abandonadas en el corredor como evidencia del crimen interrumpido... y el control remoto partido en dos como trofeo improvisado de guerra doméstica.

Lo recogió con reverencia, como quien levanta una medalla al valor en combate urbano, no sin antes mirar a los lados por si los fantasmas del susto decidían volver por la revancha.

Desde entonces, cada vez que ve una puerta mal cerrada, aprieta el control del televisor con cariño de veterano. El actual, claro, porque el héroe cayó en combate. Pero Manuel lo mira a veces con respeto y piensa: "Si supieras lo que hizo tu antecesor, tendrías más consideración por la familia de controles remotos".


El carro fugitivo y la vecina caída

Tercera muerte: por robo, devolución milagrosa y ángel caído

La vez que Manuel se enfrentó con la Parca —y le hizo pistola con los dedos para espantarla— fue muchos años después, ya en la calma sospechosa de su vida montrealesa. Por esa época, Manuel se vanagloriaba con tono doctoral de lo segura que era la ciudad: afirmaba que en Montreal uno podía dejar la puerta abierta, la conciencia a medio cargar y la billetera en la acera... y todo seguía allí al volver, intacto, esperando. ‹Aquí los robos no son comunes. Aquí la gente es decente, como antes, como en los pueblos donde uno conoce hasta al perro del vecino›, decía mientras llenaba el tanque de su carro, confiado, con la misma ingenuidad con la que un niño esconde el diente bajo la almohada esperando al ratón.

Aquel día, en una estación de gasolina de barrio, decidió bajar a pagar dejando el carro encendido, con las llaves puestas y las puertas abiertas de par en par. Una decisión que en otro país habría sido suicidio financiero inmediato, pero que en la Montreal de sus recuerdos era sinónimo de confianza civilizada.

Cuando regresó con su cambio y su ticket, su fe en la humanidad recibió una patada directa en el radiador: su carro ya no estaba. Lo alcanzó a ver justo cuando doblaba la esquina, ligero y ágil, como si hubiera cobrado vida propia y escapara de su dueño para cumplir sus propios sueños secretos de libertad automotriz. En su interior iban no solo papeles importantes y sus llaves de soltero empedernido, sino también esa sensación agria de haber sido sorprendido con los pantalones de la confianza bajados hasta los tobillos.

Sin un peso en el bolsillo, sin transporte, sin celular y con el ego arrugado como billete viejo que nadie quiere recibir, caminó hasta su apartamento con cara de santo en vía de canonización dolorosa. Por suerte, el edificio tenía a Nicola, el dueño italiano del primer piso, hombre amable y de bigote filosófico que parecía haber visto todos los dramas humanos posibles, que vivía con su señora —una dama que parecía hecha de lavanda, misa de seis de la mañana y galletas de mantequilla horneadas los domingos.

Al ver a Manuel en ese estado de desgracia civil y desamparo existencial, la señora —con la dulzura intacta de las abuelas que guardan pañuelos perfumados en la manga y caramelos en el bolsillo— le entregó una copia de la llave del apartamento. ‹Aquí la tiene, don Manuel. Pase tranquilo y hágase otra copia. No se preocupe›, le dijo, mientras dejaba su propia puerta entreabierta para que él pudiera devolvérsela después sin molestar.

Pero lo que parecía simple acto de vecindad solidaria se transformó, minutos más tarde, en episodio de novela negra sin anuncio previo. Cuando Manuel regresó con la copia recién hecha, todavía caliente del duplicado, y tocó a la puerta para entregarla y agradecer el favor, notó que seguía entreabierta... y no salía nadie. Llamó con los nudillos. Nada. Empujó suavemente, con ese temor reverencial de quien presiente que algo no anda bien. Entró. Silencio denso.

Y allí, en medio de la sala, como figura desprendida de un cuadro barroco y sombrío, yacía la señora. Tendida de largo, inmóvil, con esa quietud particular que solo tiene la muerte cuando ya se instaló definitivamente. No había dramatismo teatral, ni desorden, ni signos de lucha o violencia. Solo ese silencio mineral, esa ausencia definitiva que convierte los cuerpos en cascarones vacíos. Manuel, con la llave aún tibia en la mano temblorosa, sintió que el karma lo perseguía con documentos en regla y cita previa.

Nicola, que estaba en el patio trasero regando las matas o reconciliándose filosóficamente con el motor de algún aparato viejo, no se había enterado de nada todavía. Manuel, pálido como sábana recién lavada, con la llave de repuesto quemándole en la palma, se convirtió en testigo involuntario de una muerte que no sabía si tenía algo que ver con él o con el misterioso karma que lo perseguía metódicamente desde el río Cauca.

Esa noche durmió poco y mal. No solo por el susto de encontrar a la señora sin vida, sino porque aún no había resuelto el misterio menor de cómo iba a recuperar su carro robado. Pero la vida —y la policía eficiente de Montreal— le tenían preparada otra escena digna de telenovela con final feliz.

Días después, mientras intentaba pasar desapercibido en su trabajo y procesar mentalmente la imagen de la señora muerta, una compañera de labores lo abordó con tono de reportera de crimen en vivo:

‹Manuel, ¿viste las noticias de anoche? ¡Salió tu carro en la tele!›

Y ahí estaba, efectivamente: su carro, bien lavadito y reluciente, estacionado como si nada hubiera pasado, mostrado en televisión como ‹vehículo recuperado› en operativo policial exitoso. Fue a la estación de policía con una mezcla de esperanza y escepticismo, y para su asombro continental, no solo recuperó el automóvil intacto... también todo lo que había dentro: papeles, llaves del apartamento, documentos importantes, y hasta un chocolate derretido que había dejado olvidado en la guantera semanas atrás.

‹Lo único que no apareció› —me dijo con su tono habitual de lamento cómico y filosófico— ‹fue mi dignidad de hombre precavido... pero esa ya venía fallando desde mucho antes del robo.›


La batalla lingüística

Cuarta muerte: por ignorancia idiomática y tiendas de pecado imaginario

Esta vez que Manuel volvió de entre los muertos fue más simbólica que literal, pero no por ello menos digna de capítulo aparte en su biografía accidentada. Fue la resurrección de la ignorancia lingüística, de la picardía mal traducida, del pudor provinciano enfrentado cara a cara con los letreros urbanos de una ciudad bilingüe donde el inglés y el francés se abrazan cordialmente... para confundir mejor al recién llegado que apenas dice yes con acento.

Ocurrió en los años setenta, poco después de su llegada a Montreal junto con mi hermano Gonzalo. Ambos habían aterrizado en tierra canadiense con una maleta modesta, dos ilusiones desmesuradas y cero inglés funcional. Apenas sabían decir yes con acento de película doblada en los años cincuenta, y no problem como respuesta automática a todo lo que no entendían —que era prácticamente todo.

Entre las muchas cosas que les generaban desconcierto profundo —además de los inviernos asesinos, la leche vendida en bolsa plástica y la gente que no saludaba al entrar a una tienda como se hace en los pueblos—, había algo que realmente les inquietaba el alma católica: los carteles de las famosas Grocery Stores. Estaban por todas partes, omnipresentes. Grandes, luminosas, invitantes, con letras que se veían desde lejos.

Pero para las neuronas criadas entre cafés de Itagüí y boleros de despecho radial, grocery les sonaba peligrosamente parecido a grosería. Muy sospechoso. Demasiado explícito para ser inocente.

‹Mire pues, hermano› —le decía Manuel a Gonzalo en voz baja, con tono de detective parroquial en plena investigación moral—. ‹¿Usted no ha notado que aquí hay un montón de negocios que dicen "grosery"? Eso debe ser algo cochino, algo indecente. Esas son casas de perdición disfrazadas. ¡Imagínese, lo dicen en el letrero y todo, sin pena ni disimulo!›

Gonzalo, que no hablaba inglés pero sí tenía una imaginación nutrida por décadas de cine mexicano de rumberas y cabareteras, comenzó a pensar que grocery store era alguna especie de club nocturno de striptease disfrazado de tienda respetable. Así que durante semanas enteras, pasaban por las afueras de esos establecimientos mirando de reojo con el alma en modo rosario, convencidos de que dentro se escondía el vicio en su máxima expresión, el pecado comercial y probablemente una que otra ‹grosería› en vivo y en directo con cover charge incluido.

No fue sino hasta que la necesidad imperiosa de pan y café superó ampliamente el miedo moral y la vergüenza anticipada, que decidieron entrar a uno de esos antros. Manuel, con paso cauteloso de inquisidor en territorio enemigo y los ojos listos para desviar la mirada en caso de escándalo visual, empujó la puerta de vidrio con el corazón acelerado... y lo que encontró al otro lado fue una señora mayor acomodando latas de atún con parsimonia, una góndola repleta de galletas de animalitos, y una caja registradora atendida por un muchacho con acné juvenil y cara de no haber roto un plato en su vida.

‹¡Grosería mis polainas!› —soltó Manuel entre el alivio inmenso y la indignación retroactiva—. ‹¡Esto es una tienda común y corriente, mijo! ¡Y venden salchichón y todo!›

Esas pequeñas humillaciones lingüísticas —confundir grocery con grosería, imaginar antros donde solo hay supermercados familiares— no eran únicamente anécdotas graciosas para contar en las reuniones. Eran cicatrices invisibles del migrante que llega sin idioma, pruebas fehacientes de que adaptarse implica tropezar en público, sonrojarse a solas, y finalmente reírse de uno mismo cuando la dignidad ya aprendió a quitarse los zapatos antes de entrar a la casa ajena.


El pollo entero por señas

Quinta muerte: por exceso de comida y gestos universales mal interpretados

La vez que Manuel González estuvo al borde del colapso existencial —no por peligro inminente de muerte física, sino por exceso de comida y de pena acumulada— fue por culpa de un pollo inocente y un malentendido que ni el Espíritu Santo en persona habría podido aclarar con anticipación.

Una tarde de invierno particularmente cruda, Manuel decidió que era momento de comer algo caliente, sustancioso y digno de un hombre trabajador. Entró a un pequeño restaurante del barrio, uno de esos que tienen menú impreso en tres idiomas decorativos pero personal que solo entiende uno... y ese uno no es precisamente el tuyo ni el de tu país de origen.

Se acercó al mostrador con seguridad impostada de actor novato, sacó una sonrisa que pretendía ser internacional, y comenzó su espectáculo gestual completo: palmas hacia abajo imitando alas, codos pegados al cuerpo simulando las extremidades del ave, pico imaginario formado con los dedos índice y pulgar, y un cacareo gutural que habría hecho palidecer de vergüenza a cualquier gallina con un mínimo de autoestima.

Para rematar la función teatral, juntó las manos como quien indica ‹pequeñito, chiquitico› en el lenguaje universal de las porciones, mientras repetía como mantra hipnótico: ‹Chiquito, chiquito, small, petit›, como si eso fuera palabra mágica reconocida en todos los idiomas del planeta conocido.

La señora del mostrador —inmune profesional a la confusión pero receptiva al entusiasmo humano— le respondió con una sonrisa enigmática que podía significar dos cosas completamente opuestas: ‹entendí perfectamente› o ‹estás en graves problemas, muchacho›. Y se fue a la cocina.

Diez minutos después —diez minutos de esperanza inocente—, regresó con un envase humeante, pesado como ladrillo... y sospechosamente grande para una porción chiquita. Manuel, con el alma encogida de duda anticipada, destapó el paquete ceremoniosamente: allí estaba, en toda su gloria dorada. Un pollo entero. Completo. Crujiente. Jugoso. Aromático. Como para alimentar cómodamente a una familia nuclear de cuatro personas con buen apetito... o a un emigrante que no sabía decir ‹media porción› en ningún idioma conocido.

No dijo nada. No podía. El orgullo latino y la dignidad tercermundista no le permitían admitir el error garrafal de comunicación. Se sentó en silencio, con la resignación de quien acepta su destino escrito en pollo frito, y como buen colombiano con dignidad intacta, se lo comió. Todo. Ala por ala. Muslo por muslo. Pechuga por pechuga laboriosa. Cada mordida era acto simultáneo de penitencia autoimpuesta y orgullo nacional herido.

‹Desde entonces› —me contó una vez, mientras mordía una empanada nostálgica en el Tim Hortons de Jean-Talon‹aprendí dos cosas fundamentales para sobrevivir en el extranjero: que nunca subestimes la interpretación ajena de tus señas manuales... y que el pollo, cuando sobra y uno es sensato, se guarda en la nevera para mañana. Pero yo no era sensato todavía. Era joven y terco.›


El café que quedó en silencio

Sexta muerte: por violencia ajena y clientela que no vuelve

Esta vez que Manuel González murió —y esta vez fue por dentro, en esas zonas del alma donde no hay vendas ni suturas posibles— no fue en Canadá, ni en medio de sus aventuras lingüísticas ni sus escapadas fortuitas de la muerte física. Fue en Medellín, en su propia tierra de origen, donde creyó ingenuamente que podía rehacer su vida con un poco de café aromático, esperanza renovada y terquedad paisa.

Hacía ya cinco años que había llegado a Canadá con mi hermano. No era hombre de ambiciones grandiosas ni de sueños imposibles, y en algún momento sintió con claridad que lo visto en tierras extranjeras ya bastaba. Así que decidió regresar a su Medellín de cerros verdes, acentos musicales que abrazan, y calles donde todavía se conocía a los vecinos por el nombre de pila.

Con sus ahorros —modestos pero honestos, ganados peso a peso en trabajos que no aparecen en ningún currículo elegante— abrió una pequeña cafetería en la calle 70 de Medellín. Un local sencillo pero limpio, con algunas mesas dispuestas afuera bajo un toldo que protegía del sol y de la lluvia impredecible, y la sonrisa genuina de Manuel como principal carta de presentación. Él mismo atendía personalmente: servía el café con esmero de barista autodidacta, barría la acera al amanecer, conversaba con los clientes habituales sobre fútbol, política y el clima que nunca cambia.

Y durante un tiempo prudencial, las cosas fueron regulares. No extraordinarias, pero suficientes. El negocio daba para vivir con decencia, para pagar el arriendo mensual y hasta para ahorrar algo los meses buenos.

Hasta que un día —uno de esos que se marcan sin querer en la memoria con tinta permanente e indeleble— todo cambió de forma irreversible.

Era una tarde cualquiera de semana. Uno de los clientes habituales —hombre callado, de esos que llegan puntuales y piden siempre lo mismo sin variaciones— tomaba su refrigerio vespertino en las mesas exteriores, bajo el toldo que ya conocía el sol de todas las estaciones y la lluvia de todos los aguaceros. Manuel estaba adentro, tal vez acomodando vasos con su meticulosidad característica, tal vez preparando otro café aromático, tal vez limpiando el mostrador con ese trapo que nunca terminaba de botar.

No alcanzó a ver nada con claridad. Solo escuchó el rugido breve e inconfundible de una moto acelerando, y el estallido seco del destino cumpliéndose sin piedad. En cuestión de segundos escasos, el silencio normal de la tarde se volvió espeso como niebla, el aire se llenó de humo de pólvora y miedo colectivo, y el cliente quedó tendido en el suelo irregular, sin vida, sin aviso previo, sin despedida ni tiempo para el último sorbo de café.

Manuel, con el alma hecha nudo marinero imposible de desatar, no supo qué hacer en los minutos siguientes. Llamó a la policía con manos temblorosas. Llamó mentalmente a Dios con oraciones desordenadas. Cerró el negocio por ese día aciago. Limpió la sangre del piso con agua y jabón, pero la mancha invisible quedó impregnada en la memoria del lugar.

En los días siguientes volvió a abrir las puertas, porque así era él: hombre de costumbre férrea, de resiliencia empecinada, de café servido aunque tiemble la mano que sostiene la taza.

Sin embargo, algo fundamental había cambiado en el aire del lugar. Desde ese día funesto, el local pareció quedar marcado por una sombra que espantaba a la clientela. Los clientes, antes fieles y charladores, dejaron de venir gradualmente. La silla vacía del hombre asesinado se volvió recuerdo incómodo que nadie quería mencionar, y las demás mesas empezaron a acumular polvo en lugar de conversaciones sobre fútbol y política.

Hasta que un día de esos, Manuel cerró definitivamente. Sin ceremonia de clausura, sin cartel de despedida pegado en la puerta, sin explicación para los pocos que todavía preguntaban. Bajó la persiana metálica una tarde gris, como quien cierra un libro cuyo final ya conocemos pero preferimos no releer en voz alta. Afuera, la calle 70 seguía su curso imperturbable: buses atestados, vendedores ambulantes pregonando, risas ajenas que pertenecían a otras vidas.

Pero Manuel supo, con esa certeza que duele más que cualquier golpe físico, que ese capítulo empresarial había terminado de forma definitiva.

‹A veces la violencia te visita sin que la invites› —me decía años después, con esa mezcla de resignación y filosofía barata—. ‹Te deja la casa intacta, las paredes en pie, las mesas sin un rasguño... pero se lleva el alma del negocio. Y sin alma, ¿qué queda?›


El muerto que lo abrazó sin permiso

Séptima muerte: por sangre ajena y perro fiel que lame heridas

La vez que Manuel volvió de entre los muertos más cambiado, más callado, más roto por dentro, fue en un viaje de trabajo rutinario que se convirtió en pesadilla sin retorno posible. En Medellín, después del fracaso doloroso de la cafetería, había montado una pequeña fábrica de confecciones con un cuñado optimista, distribuyendo las prendas manufacturadas en pueblos lejanos de la geografía antioqueña, donde la competencia era menor y el boca a boca aún valía más que cualquier publicidad radial.

Uno de esos viajes comerciales lo llevó a Apartadó, en el Urabá antioqueño. Región de frontera, de plátano y conflicto, donde la vida valía menos que una cartera de ropa nueva. El bus iba lleno hasta los topes, como todos los buses de esa región en esa época: campesinos con bultos amarrados, comerciantes ambulantes, estudiantes con uniformes descoloridos, y Manuel sentado junto a la ventana, con un campesino a su lado que viajaba con su perro echado mansamente a los pies, como compañero fiel de todas las rutas.

En las afueras polvorientas de un pueblo cuyo nombre Manuel prefiere no recordar, cuando los baches del camino comenzaban a adormecer a los pasajeros con su ritmo mecedor e hipnótico, el bus fue interceptado sin aviso. Seis hombres armados hasta los dientes lo detuvieron en plena carretera y subieron con esa mezcla profesional de autoridad y amenaza que paraliza las voluntades. Mandaron callar con gestos inequívocos, apuntaron con armas que no necesitaban palabras, requisaron bolsos y mochilas con la eficiencia de quien ha hecho esto cientos de veces. El miedo bajó por el pasillo como nube densa y pegajosa.

El campesino sentado al lado de Manuel comenzó a temblar visiblemente, a hablar con voz entrecortada, a implorar con palabras que se le atascaban en la garganta. Algo de su nerviosismo extremo, de su miedo mal disimulado, molestó a uno de los hombres armados. Lo empujaron con violencia innecesaria, lo golpearon sin razón clara, y cuando quiso responder, cuando su miedo se convirtió en grito de protesta desesperada, le dispararon a quemarropa. Así, sin anuncio previo ni juicio sumario ni compasión.

El disparo no fue estruendoso como en las películas. Fue apenas un chasquido seco, como rama que se quiebra en el silencio del bosque. El campesino dejó de temblar, de hablar, de existir en este plano. Se desplomó sobre Manuel con el peso muerto de quien ya no habita su cuerpo, y la sangre —caliente, viscosa, insistente como verdad innegable— comenzó a empapar la camisa de Manuel, su pantalón, sus manos inmóviles que no sabían dónde posarse.

El perro, con esa lealtad ciega que no entiende de finales ni de despedidas, lamía la sangre de su amo como buscando deshacerlo irreversible, como si con su lengua pudiera regresar la vida al cuerpo inerte. Y Manuel, petrificado en un silencio que era puro pánico concentrado, sintió que el muerto no se iba, que lo abrazaba sin permiso, que se quedaba impregnado en su piel como mancha indeleble que ningún jabón podría borrar jamás.

Nadie en el bus dijo nada. Nadie protestó ni gritó ni llamó a autoridades inexistentes. El miedo había sellado todas las bocas con cera invisible. Los hombres armados terminaron su trabajo sucio, bajaron del bus con la parsimonia de quien cumple un deber administrativo, y el vehículo reanudó su marcha hacia Apartadó como si nada fundamental hubiera ocurrido en el universo.

Manuel llegó a Apartadó en estado de catatonia profunda, con la ropa manchada de sangre que no era suya y la mirada vacía de quien ha visto demasiado en muy poco tiempo. Buscó al cliente comercial que le esperaba, se excusó como pudo con palabras incoherentes, pidió agua con voz quebrada, se lavó el rostro en un baño público, se quitó la ropa manchada que quemaba la piel. Le prestaron algo limpio de emergencia. Le prestaron un poco de humanidad elemental.

Volvió a Medellín días después, más callado que de costumbre. Más lento en sus movimientos. Con una herida que no sangraba por fuera pero le dolía en los ojos cada vez que cerraba los párpados.

‹A veces la muerte se sienta a tu lado en el bus› —me decía con voz apenas audible— ‹y ni te pide permiso ni te avisa con anticipación. Solo se queda un rato largo... y te deja distinto para siempre.›


El hombre que no fue a Armero

Octava muerte: la que se lo saltó por premonición o pura suerte ciega

Crónica sin santos ni réquiem, pero con tinto cerrero y milagro de último sorbo

Hay personas que parecen haber nacido con un pacto no firmado con la muerte, escrito en tinta invisible que solo el destino puede leer. No para evitarla eternamente —todos la encontramos al final del camino—, sino para que siempre se les pase de largo en el momento crítico, como si se les olvidara constantemente en la lista de pendientes. Manuel González era uno de esos seres extraordinarios que caminan al borde del abismo con regularidad pasmosa, pero logran esquivarlo cada vez como por arte de una torpeza divina o una gracia inexplicable.

Durante años enteros lo vi arrastrar su infortunio acumulado como quien pasea un perro cojo pero fiel: testarudo, enredándose en los tobillos del destino, pero siempre presente. Perdió negocios que parecían prometedores, perdió una mujer que solo le pertenecía en las cuentas bancarias conjuntas, y terminó con un campero Nissan más viejo que sus achaques físicos, remendado con esperanzas recicladas y alambre de fe.

Pero Manuel, paisa por terquedad genética y vocación de supervivencia, sabía lamerse las heridas con tinto amargo y zurcir la dignidad maltratada con silencio, paciencia y ese humor negro que cura mejor que cualquier ungüento farmacéutico.

Fue Roberto Ruiz, viejo amigo de aventuras compartidas y comerciante establecido en Armero, quien le ofreció lo que en ese momento parecía salvación envuelta en papel de emprendimiento: vender ropa de confección, peines con espejo incorporado, cremas milagrosas y toda suerte de ilusiones de mercadillo en los pueblos del Tolima, y luego cruzar hacia los Llanos Orientales, donde la clientela rural tenía alma generosa de trueque y corazón agradecido con los comerciantes honestos.

Y lo insólito, lo verdaderamente extraordinario, ocurrió entonces: el negocio floreció como planta en tierra buena. Las ventas crecían semana tras semana, el campero rugía en las carreteras con dignidad recuperada, y por primera vez en años de sequía económica, Manuel se sintió no solo sobreviviente de oficio, sino útil y productivo. El viento que soplaba ya no le sonaba a desgracia anunciada, sino a posibilidad concreta de futuro.

Pero en Armero, mientras tanto, el aire comenzaba a contar secretos en voz baja que pocos querían escuchar. Las voces cansadas de la radio AM, con tono de bolero sin final feliz, hablaban con vaguedad preocupante de una nube extraña bajando lentamente de la montaña, de cenizas volcánicas que ensuciaban el amanecer pueblerino, de rumores geológicos que olían intensamente a presagio ignorado.

El Nevado del Ruiz, mientras tanto, dormía con la paz aparente de un abuelo anciano que ha perdonado a todos sus hijos y nietos. Nadie quería creer seriamente que bajo esa siesta milenaria de nieve perpetua se escondía el rugido contenido de un dios subterráneo profundamente enojado. Pero la montaña, cuando sueña con violencia, lo hace con fuego líquido y memoria larga.

La tarde del miércoles 13 de noviembre de 1985, Roberto sintió un tirón inexplicable en el pecho, una urgencia que no tenía nombre técnico. Quería ver a su esposa, abrazar a sus hijos pequeños, revisar su gallinero que lo esperaba como todos los días con paciencia de animal doméstico.

‹Manuelito, me voy ya para la casa. Mañana sin falta madrugamos temprano a los Llanos. Me esperan con cena calientica y el abrazo familiar que uno necesita para seguir vendiendo espejitos y peines por esos pueblos.›

Partió en el campero confiable, saludando con la mano desde la ventanilla polvorienta. Manuel, en cambio, se quedó en un estadero modesto en las afueras de Armero, uno de esos lugares de paso donde el tiempo se detiene. Algo indefinible, una voz sin boca audible, le había susurrado en el estómago que no debía moverse de allí todavía. ‹Premonición por ósmosis›, la llamó después con humor amargo, como si la tragedia le hubiese rozado apenas la piel sin hablarle directamente.

Se acomodó en una banca desvencijada de cemento bajo un árbol cansado que daba sombra escasa, pidió un tinto con más cuerpo que azúcar, y dejó que la noche se le metiera entre los hombros con su peso de presagios. El cielo se había puesto terco y oscuro, y la radio portátil del estadero escupía noticias sin confirmar con voz entrecortada:

—Se habla de actividad inusual en el Nevado del Ruiz. Ceniza volcánica reportada en Murillo... precaución, precaución ciudadana...

Pero la montaña no habla con palabras: respira con pulmones de piedra milenaria. Sus entrañas de fuego latían con ritmo oculto esa noche. A las 11:35 de la noche, el volcán dejó de soñar mansamente y abrió los ojos con furia contenida durante décadas. No gritó con fuego espectacular como en las películas, sino con barro líquido y mortal. Bajó por las laderas con velocidad de río maldito, y devoró Armero en silencio casi absoluto.

La tierra hambrienta se tragó casas de bahareque, nombres escritos en actas de nacimiento, bicicletas oxidadas, candelabros de iglesia, canciones de cuna a medio tararear. Solo quedó en pie la cruz de la iglesia colonial, alzada como hueso blanquecino en la espalda interminable del lodo, señalando hacia un cielo que se tapó los oídos para no escuchar los gritos finales.

Al amanecer del jueves, la noticia ya flotaba en todas las emisoras radiales del país como rezo huérfano sin destinatario. Manuel no dijo nada cuando se enteró. No lloró ni gritó ni maldijo. Sirvió otro café aguado en el estadero y murmuró para sí mismo, con la naturalidad existencial de quien ha hecho las paces definitivas con el absurdo universal:

—Parece que la muerte me quiere de verdad... pero siempre se le pierde mi dirección en el camino.

Roberto Ruiz nunca regresó de su casa. Como veinticinco mil personas más, desapareció sin dejar ni sombra en la memoria del lodo. Y Manuel, sin socio comercial, sin lágrimas que todavía no habían llegado, sin siquiera un epitafio apropiado que ofrecer, emprendió su camino largo de regreso a Medellín.

Caminó con los bolsillos vacíos y el alma llena de preguntas sin idioma conocido. Camioneros piadosos lo recogieron en las carreteras. Le ofrecieron pan duro, tinto recalentado, y ese silencio compasivo que solo saben dar los que también han perdido algo fundamental que no saben nombrar con palabras.

Así volvió Manuel González a su ciudad: sin héroes, sin titulares de prensa, sin gloria pública. Solo con la certeza amarga de que no era un hombre con buena suerte, sino con prórroga indefinida. Un hombre con siete vidas documentadas, al que la tragedia, por razones que permanecen misteriosas, siempre esquivaba por media cuadra exacta.

A veces, años después, en su apartamento meticuloso de la calle Fabre en Montreal, mientras me servía café con la ceremonia silenciosa de un monje zen autodidacta, me decía con esa sonrisa triste que era su marca personal:

—Abelardo, hermano... yo no soy inmortal ni mucho menos. Es la Parca la que es despistada profesional. O puede que me tenga genuino miedo. Nunca he sabido cuál de las dos.›

Y reíamos. Reíamos con esa risa suave y antigua que se parece muchísimo a una oración sin palabras, a un agradecimiento torcido por seguir vivos cuando no debíamos.


El regreso definitivo

Novena muerte: la del apartamento que ardió sin él dentro

Después de haberse codeado personalmente con la muerte en Armero —cara a cara, sin cita previa ni presentaciones formales—, Manuel González regresó a Montreal con la mirada nublada por el humo de los recuerdos, el corazón operando en modo avión, y el alma todavía sacando escombros emocionales entre las rendijas del sueño. El horror colombiano lo había dejado con las emociones en remojo prolongado, pero él, más terco que mula sindicalista en huelga indefinida, no pensaba rendirse ante un país que tiembla, ni ante un volcán en modo destrucción masiva, ni mucho menos ante el miedo paralizante que visita de noche.

Mi hermano Gonzalo le ofreció posada temporal en su apartamento de la calle Querbes. Allí estuvo por unos meses de convalecencia anímica, recuperando lentamente el aliento perdido, poniéndose otra vez los pantalones del ánimo con esfuerzo diario, y viendo con ojos de esperanza renovada las calles nevadas de su segunda patria adoptiva.

Hasta que un día cualquiera, así como quien se corta solo el cordón umbilical con tijeras de la decisión, Manuel dijo con voz firme:

—Ya es hora de volar solo otra vez. No se puede vivir eternamente de la caridad fraterna.›

Y sin más alas que su testarudez característica y un pequeño ahorro en el banco, encontró un cuarto modesto en arriendo cerca, en la misma calle Querbes. Fue por la mañana a cerrar el trato con el arrendador. El hombre —tipo serio, de pocas palabras y bigote recortado— le prometió entregarle las llaves en la tarde. «Puntual, don Manuel, a las seis en punto. Aquí estaré como reloj suizo que nunca falla».

Manuel, que en cosas de puntualidad alemana era más suizo que los suizos de nacimiento, llegó a la hora exactamente acordada con su mochila humilde, su esperanza nuevecita sin estrenar, y su cara característica de ‹comenzamos de cero otra vez›. Pero el arrendador... bien gracias. Ni rastro ni humo. No apareció. Ni él, ni su bigote recortado, ni sus llaves prometidas.

A la mañana siguiente del día siguiente, como buen reincidente optimista de la vida, volvió al edificio con su mochila fiel, su esperanza un poquito más arrugada por el uso, y la misma cara esperanzada de ‹hoy sí que comenzamos, sin falta›. Pero esta vez no lo recibió ni el arrendador ausente, ni el portero del edificio, ni siquiera el eco apagado del día anterior.

Lo recibió el humo denso. El humo negro y el olor a tragedia recién horneada. Y los cintillos amarillos de la policía acordonando el perímetro. Y la noticia brutal transmitida por un vecino conmocionado: el edificio se había incendiado durante la madrugada sin aviso. Murieron varias personas carbonizadas. Una tragedia más en el prontuario infinito del destino.

Manuel se quedó inmóvil en la acera, mirando los restos calcinados como quien contempla su propia tumba no estrenada por pura casualidad. Las ventanas reventadas, las paredes ennegrecidas, el olor persistente a sueños quemados. Tragó saliva seca y dijo en voz apenas audible, sin temblar:

—Definitivamente, a mí la Parca me tiene anotado en su agenda personal... pero con letra completamente ilegible.›


El legado del sobreviviente

Epílogo sin final: porque algunos hombres no terminan de irse

Manuel, aunque nunca lo supo del todo —porque la humildad le crecía en el alma como musgo verde en las piedras viejas de los ríos—, no era simplemente un sobreviviente de oficio: era la prueba ambulante de que algunos hombres están escritos en un idioma secreto que solo el alma reconoce cuando suspira profundo. Un dialecto perdido entre el absurdo cotidiano y la ternura escondida, entre la carcajada que alivia y la lágrima silenciosa que enseña.

Era un puente peatonal tendido entre épocas disparejas, arrugado por el tiempo inclemente pero intacto en su vocación férrea de unir lo que parecía separado para siempre. Traductor simultáneo de las incoherencias humanas y cronista no oficial de los secretos que nadie más quiso escribir, cargaba en los bolsillos desordenados metáforas sin pulir y silencios largos como sobremesas sin prisa de domingo.

Convivir con él era como asistir diariamente a un monólogo involuntario, narrado en clave de realismo macondiano pero sin la grandilocuencia, aderezado con tinto recalentado en microondas y verdades que dolían menos precisamente por cómo las decía. Las conversaciones comenzaban con lo doméstico y predecible —el eterno misterio de por qué las medias se pierden siempre de a una en la lavadora— y terminaban inevitablemente en lo insólito: como aquella vez memorable en que una médium espiritista lo confundió con un espíritu en pena durante una sesión, y él, lejos de asustarse, le ofreció un café instantáneo para espantarle el susto mutuo.

—Nunca tuve hijos propios› —decía sin tristeza teatral ni lamento de telenovela, como quien comenta que se avecina lluvia por la tarde—. ‹Pero he dejado suficiente legado repartido en proverbios torcidos, risas sueltas sin dueño, y recuerdos que no caben cómodamente en las palabras del diccionario.›

Y era verdad pura y dura. Manuel no sembró descendencia en cunas de bebé, pero dejó huella profunda en el alma de quienes tuvimos el privilegio accidental de conocerlo: nos enseñó pacientemente a convertir las desgracias en anécdotas contables, a reírnos sinceramente de lo que quiso matarnos y no pudo, y a comprender que la dignidad humana no se pierde jamás mientras uno sepa hacerse un café decente sin perder la calma interior.

Descubrirlo fue como cerrar un círculo geométrico que no sabíamos abierto desde décadas atrás. El joven mesero de las heladerías de Itagüí de los años setenta, que servía bolas de helado napolitano con la misma solemnidad ceremonial con que luego prepararía tintos en Montreal, era el mismo hombre exacto que en su apartamento meticuloso de la calle Fabre hablaba con las paredes y con la vida misma como si ambas le debieran explicaciones pendientes. Fragmentado por el tiempo despiadado, sí. Pero intacto en su esencia más profunda.

Hay vidas que no se explican con lógica. Se cuentan como cuentos. Como ciertos poemas herméticos que no se analizan académicamente, sino que simplemente se sienten en el pecho. Como las melodías antiguas que no necesitan letra para emocionarnos hasta las lágrimas.

En aquellas tardes interminables de invierno montrealés, mientras el frío canadiense dibujaba figuras geométricas y abstractas en los cristales empañados del Tim Hortons y nosotros dos nos refugiábamos entre palabras tibias y café humeante que se enfriaba mientras conversábamos, entendí con claridad que Manuel no era solo mi anfitrión temporal: era un maestro silencioso sin diploma colgado en la pared, un guía espiritual sin credenciales oficiales, un sobreviviente profesional que había logrado domesticar al infortunio con cucharadas diarias de humor negro.

Y yo, sin quererlo ni planearlo, fui convertido en uno de sus testigos involuntarios. Café tras café. Historia tras historia insólita. Porque Manuel González, el hombre legendario de las siete vidas documentadas, había aprendido el secreto más valioso de todos los secretos existenciales: que sobrevivir no es solamente seguir respirando mecánicamente, sino convertir cada aliento en una razón válida para contar otra historia que valga la pena.


Instrucciones para no morirse (del todo)

Manual de uso para quienes insisten en quedarse

Hay hombres que no caminan por la vida con normalidad: la esquivan como torero, la desafían como boxeador, la sobreviven como si en vez de alma mortal tuvieran brújula eternamente torcida señalando siempre el norte equivocado. Manuel González fue cabalmente uno de ellos, sin duda posible. Su biografía completa parece escrita con tinta invisible de milagros cotidianos, tachones correctores del destino confundido, y notas al margen que dicen con letra clara: "Aquí debía morir sin remedio, pero no quiso colaborar".

Su cuerpo, de contextura mediana y alma desproporcionadamente grande, cargaba más cicatrices invisibles que cumpleaños celebrados con torta y velas. Tenía más historias inscritas en la piel que recuerdos conservados en fotografías descoloridas. A ese hombre singular le rendimos estas palabras finales: no por las veces numerosas que cayó derrotado, sino por las veces aún más numerosas que se volvió a levantar con la dignidad intacta de quien le roba al destino ciego el derecho exclusivo a decidir su final.

Manuel sobrevivió milagrosamente a un río que quería tragárselo con hambre, a un volcán que arrasó con un pueblo entero menos con él, a un incendio que quemó hasta los cimientos el apartamento que ya casi era suyo, a una visa vencida que lo dejó en el limbo, a una Parca profesional pero miope, y a un campero destartalado que solo se detenía por pereza mecánica. Salió ileso —o casi— de hierros retorcidos de accidentes, lodos ardientes de tragedia nacional, y silencios pegajosos de violencia ajena. Cada regreso suyo a la vida no era una simple casualidad estadística: era un arte refinado con los años. Y cada vez volvía con la mirada un poco más honda y una risa paradójicamente más libre.

Dicen los cuentos que los héroes de verdad llevan capa colorida. Él llevaba puntos de sutura mal cosidos, cicatrices que ya parecían mapas de guerras olvidadas, y un humor incurable que le ganaba incluso a la desgracia más negra. Era la prueba viviente y ambulante de que la muerte también se equivoca de dirección. Que el coraje auténtico no necesita aspavientos teatrales: respira quedito, como quien toma aire profundo para contar otra historia más.

Y es que Manuel no se limitó pasivamente a sobrevivir como víctima. Lo hizo con humildad franciscana, con picardía paisa, recogiendo pacientemente los pedazos rotos de su historia y pegándolos con paciencia infinita, tinto amargo y silencio. Sabía, como los sabios sin escuela ni diploma, que cada mañana no se merece automáticamente: se celebra con gratitud. Y que el cuerpo podrá tambalearse como borracho, pero mientras el alma tenga ganas sinceras de reír, todavía queda vida por delante.

A ese hombre singular —que caminaba sin entender del todo por qué demonios seguía vivo cuando tantos otros habían muerto, pero igual seguía caminando tercamente— le rendimos esta página final. No como homenaje mortuorio definitivo, sino como declaración vivita y coleando de que, mientras él respire en algún lugar del mundo, la vida todavía tiene muchísimo que aprender de él.


Montreal, calle Fabre
Entre cafés y memorias
Año del Señor 2006

Porque hay hombres que no mueren: simplemente se toman un descanso largo entre tragedia y tragedia, y luego regresan con otra historia que contar.

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Comentarios

  1. Definitivamente Manuel es un gran personaje, sus vivencias, su calidad humana y sobretodo para él lo importante que es la amistad. Abel eres privilegiado con ese gran amigo. Ligia Isabel

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  2. Por María Elena Rodríguez - Lectora habitual

    Qué capítulo tan extraordinario. Desde que empecé a seguir esta historia, ningún personaje me había atrapado tanto como Manuel González. Es como si el autor hubiera destapado un cofre lleno de episodios que parecen inventados pero que uno sabe que son reales, porque tienen esa textura de la vida que ninguna ficción puede imitar.

    Me quedé con la boca abierta leyendo lo del río Cauca y su primo sordomudo. ¡Qué ironía tan bella y terrible a la vez! Que justo sea alguien que no puede oír gritos quien lo salve del ahogamiento... eso no se inventa. Y lo del volcán de Armero me puso la piel de gallina. Uno lee sobre esa tragedia en los periódicos, pero aquí la sientes a través de los ojos de alguien que estuvo ahí, que se salvó por una corazonada.

    Lo que más me gusta es cómo el autor nos va mostrando a Manuel sin romantizarlo. No es un héroe épico ni nada por el estilo. Es un hombre común y corriente, con sus manías raras —esas garantías guardadas de aparatos muertos me dio mucha risa—, sus miedos, sus errores. Pero al mismo tiempo tiene algo especial, como una gracia invisible que lo protege cuando todo parece perdido.

    La parte del incendio del apartamento que casi alquila me dejó helada. ¿Cómo es posible que alguien tenga tantos encuentros cercanos con la muerte y siempre salga ileso? Pero el autor no lo presenta como algo mágico, sino como esas casualidades extrañas que a veces pasan en la vida real.

    Me encanta el estilo. Tiene esa cadencia de las historias que se cuentan en las sobremesas, con ese humor paisa que alivia hasta las partes más duras. "Definitivamente, a mí la Parca me tiene en la lista... pero con letra ilegible" —esa frase me la voy a robar para usarla cuando me pase algo malo.

    El final me conmovió mucho. Eso de que Manuel nunca tuvo hijos pero dejó "suficiente legado en proverbios torcidos, risas sueltas y recuerdos que no caben en palabras"... qué manera tan linda de describir el impacto que una persona puede tener en las vidas de otros.
    Definitivamente quiero leer más historias de Manuel. El autor dice que quedaron otras sin contar, y después de este capítulo, me quedé con ganas de conocer cada una de esas aventuras. ¿Cómo será que un hombre acumula tantas anécdotas increíbles en una sola vida?
    Por favor, siga escribiendo sobre él. Personajes así no aparecen todos los días.

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