14: Los frutos del silencio

Capítulo 14

Los frutos del silencio

La lámpara parpadea tres veces antes del amanecer —siempre tres— y en ese ritual eléctrico Sombra aparece, o tal vez ha estado ahí todo el tiempo, enrollado en el espacio donde la sombra de la cortina dibuja un gato que ronronea con la cadencia exacta de la sangre bombeando en mis sienes. No pregunto. Los insomnes aprendemos a no interrogar las compañías que llegan cuando más las necesitamos.

Son las cuatro y diecisiete de una madrugada sin nombre, y escribo porque la alternativa es desmoronarme en silencio —y el silencio, he descubierto, tiene dientes.

Hay geografías que no figuran en los atlas. Territorios del alma donde la nostalgia no visita: habita, paga renta, conoce qué tabla del piso cruje y dónde se acumula el polvo de las promesas rotas. Montreal en invierno es una de esas cartografías imposibles: ciudad que se congela por fuera mientras hierve en sus entrañas de calefacción y anhelo, metrópolis donde los inmigrantes aprendemos que el frío más insoportable no viene del viento del Saint-Laurent, sino de las miradas que te recuerdan —sin palabras— que tu acento delata territorios perdidos.

Miro hacia atrás —no con sed de náufrago, sino con la curiosidad clínica del forense que examina su propio cadáver— y reconozco al hombre que fui: alguien que aprendió a volar mientras se desplomaba, cosiendo alas con hilos de urgencia mientras el suelo se aproximaba a velocidad terminal. Como el bambú que se dobla hasta el suelo pero no se quiebra, pensaba Lao Tsé. Pero Lao Tsé nunca procesó cheques a las tres de la madrugada en un sótano donde las luces fluorescentes zumban como avispas atrapadas en el cráneo.

He amado con desmesura tropical. Con esa fiebre que arrasa o fecunda, pero jamás pasa desapercibida. Y aunque el amor me dejó exhausto como tierra después de la cosecha, aprendí a florecer en suelos áridos donde el agua era apenas rumor, promesa que se evaporaba antes de tocar la raíz. Aprendí que hay amores que sobreviven a su propia muerte —cambian de nombre, de rostro, pero persisten como esas plantas del desierto que esperan años bajo la arena, esperando una tormenta que quizá nunca llegue.

El tiempo —ese alquimista silencioso— me enseñó que la vida encierra sin necesidad de barrotes. Que la rutina acaricia con guantes de terciopelo hasta convertir los días en piedras lisas, idénticas, imposibles de distinguir en el rosario melancólico de lo cotidiano. Cada mañana es un déjà vu meticulosamente orquestado: el mismo café frío, la misma ventana donde la luz entra oblicua, el mismo reflejo en el espejo que me mira con lástima mal disimulada.

Y sin embargo.

No lamento los tropiezos. Cada error fue universidad clandestina donde aprendí idiomas que no se enseñan: el dialecto del fracaso transmutado en sabiduría, la gramática de segundas oportunidades, la sintaxis imposible de seguir respirando cuando el aire mismo parece haberse puesto en tu contra. Mis cicatrices son jardines secretos donde cultivo especies raras de comprensión, flores nocturnas que solo abren después del dolor y se riegan con lágrimas que ya no amargan —se han vuelto salinas, medicinales, necesarias.

La república de los párpados abiertos

Cuando cae la noche, mi apartamento se transforma. Las leyes físicas se curvan como luz en el horizonte; los objetos ordinarios adquieren densidad emocional. El refrigerador suspira cada veinte minutos con la regularidad de un monje tibetano. Las tuberías murmuran secretos hidráulicos que solo entienden los insomnes y los fontaneros muertos hace décadas. El viento —¿o es Sombra?— araña la ventana con dedos que recuerdan amantes que regresaron demasiado tarde para ser perdonados.

El insomnio es mi única ciudadanía irrevocable. Una nación de fronteras líquidas donde deambulo sin pasaporte, rey de un reino que nadie más querría gobernar. Las tres de la madrugada huelen a café recalentado y páginas en blanco que me observan con la paciencia infinita de verdugos profesionales.

Es entonces cuando Sombra decide existir con particular intensidad.

No sé si llegó una noche de lluvia, empapado y maullando, o si simplemente brotó de mi necesidad como brotan los espejismos en desiertos que solo existen en la mente. Camina por el apartamento con autoridad silenciosa, conoce cada tablón que cruje bajo su peso fantasmal. Sus ojos ambarinos —¿o es solo el reflejo de la lámpara parpadeante creando ilusiones necesarias?— me observan mientras escribo.

A veces ronronea melodías que solo existen en esa dimensión donde lo real y lo imaginario se dan la mano sin pudor.

Encuentro sus platos vacíos sin recordar haberlos llenado. Descubro pelos negros en mi ropa oscura, invisibles pero presentes como pruebas forenses de una existencia que no necesita demostración. Sombra es la certeza silenciosa de que no todo lo que nos acompaña necesita explicación. Que algunas presencias viven en el territorio sagrado entre la fe y la imaginación —y qué importa distinguir, si ambas nos sostienen con idéntica eficacia.

No finge. No conoce esa costumbre humana de disfrazar el hambre de saciedad, el miedo de valentía, la tristeza de cortesía profesional. Cuando tiene hambre, maúlla. Cuando quiere afecto, se frota contra mis piernas. Cuando necesita soledad, desaparece durante horas en algún pliegue del espacio-tiempo que solo los gatos conocen —esa geometría imposible donde la física obedece leyes más amables.

Me enseña, con su ejemplo felino, que la autenticidad no se negocia en el mercado de las apariencias. Ironía exquisita: aprender humanidad de un gato que tal vez no exista.

Madrugadas habitadas

La pequeña mesa de madera con sus dos sillas desiguales me espera cada noche. Parecen sostener conversación eterna sobre la asimetría de la vida: una coja del lado izquierdo, la otra con el respaldo ligeramente torcido, ambas perfectamente inadecuadas y absolutamente necesarias.

Escribo bajo la lámpara que parpadea —tres veces antes del amanecer, siempre tres— como si la luz tuviera voluntad y memoria. La tinta fluye negra y espesa, sangre de calamar derramada sobre papel amarillento, arrastrando sedimentos invisibles del día: palabras tragadas por cortesía, gritos camuflados en suspiros, lágrimas cristalizadas antes de caer que ahora reposan como diminutos diamantes de sal en los rincones más ocultos del alma.

Cada trazo es excavación. Arqueología íntima donde lo no dicho cobra forma, donde el silencio se convierte en testimonio y la escritura en redención imperfecta.

Sombra se enrolla a mis pies como bufanda viva. Su calor sube por mis piernas, recordándome que existe algo más allá de las palabras: la presencia simple, el estar sin explicaciones, la compañía que no exige certificados de existencia ni credenciales de realidad. Su ronroneo —¿real o imaginado?— se sincroniza con el ritmo de mi respiración hasta que ya no sé dónde termina su existencia y comienza mi necesidad de creer en ella.

A veces las palabras se esconden como niños en bosque oscuro. Las busco con paciencia de arqueólogo, excavando en estratos de memoria hasta encontrar el hueso preciso que complete el esqueleto del párrafo. Otras veces brotan como géiser, empapándome con su urgencia líquida, obligándome a escribir más rápido de lo que mi mano puede seguir al pensamiento desbocado.

El verdadero viaje de descubrimiento, susurraba Marcel Proust desde algún estante polvoriento, no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.

Y mis ojos, en estas madrugadas de tinta y desvelo, aprenden a ver lo invisible: el peso específico de la nostalgia, la temperatura exacta del recuerdo, la densidad emocional de una ausencia que no se nombra porque nombrarla sería darle un poder que ya no podemos manejar. Aprenden a medir la velocidad con que una lágrima viaja desde el corazón hasta los ojos, atravesando continentes de significado, cruzando fronteras que no figuran en ningún mapa pero que todo exiliado reconoce de inmediato.

En esta vigilia, cada palabra escrita es brújula. Cada silencio, coordenada. Cada página, territorio que solo puede explorarse con los ojos del alma —esos que ven mejor en la oscuridad porque han aprendido que la luz miente con más frecuencia que las sombras.

El laboratorio doméstico

Escribir es mi forma de brujería menor. Ritual íntimo donde la tinta se convierte en antídoto y el papel en altar. Es mi laboratorio de transformaciones modestas, donde el plomo denso de la melancolía no se convierte en oro —eso sería vanidad— sino en latón honesto, ese metal humilde que aún sabe brillar bajo cierta luz, como la esperanza cuando se le mira de costado.

Cada palabra es conjuro discreto contra el derrumbe. Cada párrafo, hechizo de contención para que el alma no se derrame del todo por las grietas del tiempo.

Porque escribir no me salva. Pero me sostiene. Y a veces —en madrugadas como esta, cuando Sombra ronronea o no ronronea pero su presencia pesa en el aire como humedad antes de la tormenta— eso basta.

La página en blanco me observa como psicoanalista silencioso, esperando que confiese crímenes que ni siquiera sabía haber cometido. Y confieso. Confieso cobardía disfrazada de prudencia, ese miedo que se vistió de sensatez para no enfrentar lo que ardía por dentro. Confieso egoísmo camuflado de supervivencia, esa forma de salvarme que dejó a otros naufragando mientras yo remaba hacia orilla imaginaria. Confieso amor desbordado que en su exceso no supo sostener, que a veces ahogó cuando solo quería abrazar. Confieso la costumbre de levantar muros cuando necesitaba puentes, y mi torpeza crónica para distinguir entre refugio y cárcel.

La página no juzga. Solo recibe. Y en esa entrega, algo se redime —no completamente, nunca completamente, pero lo suficiente para seguir respirando.

Las palabras se convierten en balsas de papel. Las envío río abajo cargadas con todo lo que no puedo seguir cargando: el peso de Mauricio cuando era bebé y dormía sobre mi pecho (ese peso que extraño con cada célula del cuerpo, con cada latido que marca el tiempo perdido), el fantasma de canciones que nunca terminé de componer, los besos guardados para un mañana que nunca llegó, las conversaciones ensayadas en soledad pero jamás pronunciadas porque el miedo o la distancia o la simple estupidez humana las convirtieron en monólogos interiores que ahora pueblan mis insomnios.

En las noches de sequía creativa, cuando las musas emigran hacia climas más templados, Sombra me observa con sabiduría gatuna que no distingue entre fracaso y descanso. Me recuerda que los felinos duermen dieciocho horas al día sin sentir culpa, que la inactividad también es forma de preparación, que el silencio puede ser más fértil que el ruido.

Lección zen de un gato que tal vez no exista. Ironía deliciosa: el maestro más efectivo es el que quizá solo vive en mi cabeza.

El inventario de la culpa

Si algo pesa en mi consciencia —si existe deuda que aún genera intereses en el banco de los remordimientos— no es por pecados de acción sino por los de omisión. Por milagros cotidianos que no fabriqué cuando tuve los materiales disponibles en mis manos torpes.

Por palabras luminosas que se oxidaron en mi garganta por falta de uso. Por gestos de ternura que se me durmieron en las manos como pájaros que olvidaron cómo volar. Por oportunidades de belleza que dejé pasar como trenes perdidos en estaciones de la memoria que ahora solo existen en el territorio nebuloso de lo que pudo ser y nunca fue.

Me duele especialmente la luz que retuve por miedo. Esa luz que pudo iluminar otros rostros, calentar otras soledades, pero que guardé como avaro que muere de frío sobre montañas de leña sin encender. La generosidad postergada se vuelve deuda impagable con el universo —y el universo, he aprendido, cobra con intereses que no figuran en ningún libro de contabilidad pero que se sienten en el hueso, en la médula, en ese lugar donde habita el remordimiento genuino.

Sombra parece entender estos momentos de inventario moral. Se acerca con pasos que no resuenan en el mundo físico pero retumban en el emocional. Sus ojos dorados —¿o es solo el reflejo de la lámpara creando ilusiones terapéuticas?— me recuerdan que la autenticidad no requiere testigos, que la redención es trabajo íntimo que no necesita público ni aplauso.

Escribo para no terminar de romperme. Porque el alma, como el cristal de Murano, puede doblarse bajo el fuego pero hay un punto exacto donde la fractura se vuelve inevitable. Y yo camino sobre esa línea delgada, equilibrista en mi propio circo interior, sabiendo que mientras las palabras fluyan, el precipicio esperará sin impaciencia —paciente como verdugo profesional que conoce su oficio y sabe que todos, eventualmente, caemos.

La melancolía sin invitación

Hay días en que la tristeza no llama a la puerta. Simplemente aparece, como humedad en paredes después de lluvia que nadie vio caer. Se sienta a mi mesa sin pedir permiso, bebe de mi taza dejando sabor amargo de su saliva invisible, escribe conmigo usando mi mano pero con su propia caligrafía torcida —esa letra que reconozco pero no recuerdo haber aprendido.

En esos días, el apartamento se vuelve submarino. Camino por él con lentitud de buzo, respirando aire denso que sabe a sal y ausencia. Busco algo que no recuerdo haber perdido, tal vez algo que nunca tuve: eco de risa que se apagó hace años, perfume de alguien que ya no existe, calor de cuerpo que ya no cabe en mi cama estrecha ni en mis brazos acostumbrados a la soledad como a un vicio necesario.

La soledad entonces muestra sus dientes. No es la compañera gentil de las noches de escritura, sino la interrogadora implacable que pregunta con voz de fiscal que nunca duerme: ¿Quién eres cuando nadie te mira? ¿Qué queda de ti cuando no escribes? ¿Vale la pena seguir hilando palabras si el telar está roto y nadie vendrá a ver el tapiz terminado?

Preguntas sin respuesta. O con demasiadas respuestas. O con respuestas que cambian según la hora del día y el nivel de cafeína en la sangre.

Los milagros menores

Y sin embargo, en los márgenes de la melancolía, anoto milagros que insisten en existir como flores silvestres entre asfalto agrietado:

El abrazo de Mauricio que dura un segundo más de lo necesario, su cuerpo adolescente intuyendo mi fragilidad sin poder nombrarla, ofreciendo consuelo con torpeza hermosa de quien no sabe todavía que el amor también duele pero lo intuye en sus manos que se demoran al soltarme.

El mercado del barrio que estalla en sinfonía de colores y aromas: mangos que sangran dulzura amarilla, especias que narran historias de caravanas distantes, voces que trenzan el español con idiomas que no reconozco pero que suenan a hogar ajeno, a memorias de otros que también aprendieron a hacer nido en tierras extranjeras donde el invierno dura seis meses y las sonrisas hay que ganárselas una por una.

Una desconocida en el metro me sonríe sin razón aparente. Su sonrisa es breve como haiku, pero ilumina el vagón entero durante tres estaciones, como si hubiera encendido vela diminuta en oscuridad del trayecto subterráneo donde todos viajamos juntos pero solos, mirando pantallas que nos prometen conexión mientras nos aíslan más efectivamente que cualquier muro.

Y está la luz. Esa luz de las cinco de la tarde que entra oblicua por mi ventana occidental, convirtiendo el apartamento modesto en catedral dorada. Los objetos más mundanos —tetera abollada, libros apilados como ciudad vertical, silla donde Sombra duerme o no duerme— se transfiguran en reliquias bañadas en ámbar líquido.

Es entonces cuando proyecto sombras en la pared con las manos, creando zoológico efímero de siluetas. Y juro —juro por lo más sagrado de mi incredulidad— que a veces las sombras se mueven solas. Que el gato de sombra que proyecto adquiere vida propia y juega con Sombra, el real o imaginado, en danza que desafía las leyes de la física y la cordura pero que obedece a leyes más altas —las del corazón que necesita creer, que elige creer porque la alternativa es un materialismo tan árido que no deja espacio para la poesía, y sin poesía esto no es vida sino mera supervivencia.

Carta para cuando seas mayor

Escribo para ti, Mauricio.

Para cuando tengas edad de entender que tu padre fue muchos hombres: el que te cargaba en hombros fingiendo ser gigante, el que lloraba en silencio mientras tú dormías, el que escribía estas páginas con esperanza de que algún día las encontraras como se encuentran mensajes en botellas después de la tormenta —cuando ya no recordamos quién los envió, pero sabemos que alguien necesitaba ser escuchado.

No me busques en las palabras heroicas. Búscame en los espacios entre párrafos, en esos silencios donde respira la verdad sin maquillaje. Búscame en las dudas, vastas como territorios inexplorados, honestas como animales que no conocen la mentira. Búscame en los momentos donde confieso que no supe cómo ser padre perfecto, solo padre presente —y ni siquiera eso siempre, porque los turnos nocturnos y las deudas y el simple agotamiento de existir en un país que nunca termina de aceptarte a veces roban la presencia tanto como la ausencia.

Algún día entenderás que el amor no es perfecto, sino persistente. Que amar es también fracasar, pero fracasar hacia adelante —cayendo en dirección al otro, aunque no siempre alcancemos a tocarlo. Que la paternidad es conversación que dura toda la vida, donde algunas respuestas llegan décadas después de las preguntas, y algunas preguntas jamás encuentran respuesta pero eso no las hace menos valiosas.

Papá: Encontré tus escritos…

No sé cómo explicarlo, pero fue como abrir caja mágica. Leí tu carta y sentí que el tiempo se doblaba, como esos papeles que tú convertías en aviones o animales raros. Me vi siendo el niño de diez años que se reía con tus historias y tus bloopers, y también el de ahora, que empieza a entender cosas que antes no sabía que eran importantes.

Hablabas de Sombra… y sí, a veces creo que la veo. Aunque mamá dice que nunca tuvimos un gato negro, yo sé que sí. O al menos lo soñé tantas veces que ya no sé si fue verdad o solo uno de esos recuerdos que se sienten más reales que lo que pasó de verdad.

Te extraño, papá. Más ahora que te leí. Porque en tus palabras hay pedacitos de mí, como si me hubieras escrito desde un lugar donde todavía jugamos juntos. Recuerdo las "carreritas" que apostamos y yo siempre te ganaba. Y aunque no estés aquí como antes, siento que me estás hablando. Como cuando me contabas historias en voz baja, justo antes de que me quedara dormido.

(Encuentro este párrafo escrito con tu letra infantil, pegado entre las páginas con cinta adhesiva amarillenta, y el corazón se me rompe y se repara simultáneamente)

La esperanza que se escribe sola

El amor puede ser breve como parpadeo, y el olvido largo como invierno polar que no anuncia su final. Pero la nostalgia —esa visitante que se instaló sin pedir permiso y ahora paga su renta en forma de inspiración— me enseña que escribir es acto de fe irracional en el futuro.

La certeza absurda de que alguien, algún día, seguirá estas migajas de tinta como Hansel y Gretel en el bosque, hasta encontrarme donde realmente habito: no en apartamento con dirección postal, sino en este territorio de palabras donde la soledad se vuelve compañía y el dolor, extrañamente, se parece a la belleza —no porque duela menos sino porque al escribirlo le das forma, lo conviertes en algo que puede sostenerse, contemplarse, y eventualmente tal vez hasta perdonarse.

Cierro el cuaderno cuando el sol amenaza con democratizar el día, cuando la madrugada cede su reino privado a las horas compartidas. Sombra se estira en un bostezo que podría tragarse el mundo. ¿O es solo la sombra de la cortina que ondula con la brisa matutina? Ya no importa distinguir. En este reino donde escribo, lo necesario y lo real bailan el mismo vals, se abrazan en la pista de baile de la imaginación sin pedir credenciales ni certificados de nacimiento.

Guardo la pluma con certeza del adicto: mañana volveré. Mañana habrá más tinta que derramar, más heridas que cartografiar, más milagros menores que rescatar del naufragio cotidiano.

Porque la escritura es también forma de resistencia. Un modo de decir "no" al olvido, "sí" a la permanencia de lo que importa. Un conjuro contra la entropía que amenaza con disolverlo todo en la indiferencia universal.

Hay muertos que siguen susurrando consejos al oído. Hay nostalgias que, cuando se escriben, dejan de ser solo dolor para convertirse en otra cosa: literatura tal vez, o simplemente un puente tendido sobre el abismo, frágil pero suficiente para cruzar al otro lado sin caer del todo —o al menos sin caer solo.

El fruto extraño

Las noches seguirán siendo largas como ferrocarriles que cruzan continentes, pero ya no son territorio enemigo. Son el laboratorio donde experimento con las palabras como alquimista medieval que sabe que no encontrará oro pero insiste, porque en la búsqueda misma está la transmutación.

Porque el plomo que se intenta convertir no está en el crisol sino en el corazón del alquimista.

En este país sin mapa donde la nostalgia ronronea, donde Sombra existe en ese limbo sagrado entre la imaginación y la necesidad, intento cada noche sembrar las semillas que el día me dejó en las manos: palabras como semillas de luz, gestos como flores nocturnas que solo se abren cuando nadie mira pero que perfuman el aire para quien venga después.

El tiempo no llegará con su goma de borrar para eliminar el dolor. Llegará, más bien, como traductor paciente que finalmente logra descifrar el manuscrito ilegible del sufrimiento, revelando que algunas heridas no sanan: maduran.

Se convierten en frutos extraños pero nutritivos, amargos al principio, después dulces como la miel salvaje que las abejas esconden en los troncos muertos que, contra toda lógica, siguen dando vida.

Y cuando salga el sol —porque siempre sale, con la indiferencia cruel de los fenómenos naturales que no consultan nuestro estado de ánimo— Sombra habrá desaparecido otra vez. O tal vez siga ahí, visible solo en esa hora liminal entre el sueño y la vigilia, cuando las fronteras entre lo real y lo necesario se vuelven tan delgadas que un simple parpadeo puede atravesarlas.

Entonces dormiré. O lo intentaré. Sabiendo que mañana, cuando despierte con el cuerpo adolorido y la mente embotada, encontraré junto a la cafetera un mechón de pelo negro que no debería estar ahí.

Y sonreiré.

Porque algunos misterios no necesitan resolverse. Solo necesitan —necesitamos— que los dejemos ser.

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Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría: 
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.

Comentarios

  1. "Las madrugadas habitadas"
    Por Elena Morales Vega ⭐⭐⭐⭐⭐
    Psicóloga especializada en duelo y pérdida, lectora empedernida

    Pocas veces un capítulo me ha conmovido tanto como este extraordinario fragmento de Pinceladas Otoñales de Sabiduría. Abelardo Salazar logra algo que considero casi imposible en la literatura contemporánea: transformar el insomnio en territorio sagrado y convertir la escritura nocturna en un acto de resistencia silenciosa.
    El personaje de Sombra —ese gato que habita en la frontera ambigua entre lo real y lo necesario— es una metáfora magistral de cómo la mente crea compañías cuando la soledad amenaza con volverse inhabitable. Como profesional que trabajo con personas en procesos de duelo, reconozco en esta creación literaria una verdad psicológica profunda: a veces inventamos presencias porque el alma las necesita para seguir respirando.
    La prosa de Salazar en este capítulo alcanza momentos de pura poesía. Frases como "Las madrugadas tienen una textura particular, una densidad emocional que se puede tocar" revelan a un escritor maduro que ha aprendido a extraer belleza del dolor sin romantizarlo. Su descripción de la escritura como "exorcismo íntimo" y cada palabra como "conjuro contra el derrumbe" muestra una comprensión visceral del poder sanador de la literatura.
    Me conmueve especialmente la honestidad brutal con que describe la supervivencia emocional: "Sombra no me pide que sea más fuerte de lo que puedo, no me exige sonrisas cuando necesito llorar". En una sociedad que constantemente nos presiona a "estar bien", este capítulo es un refugio donde el dolor tiene permiso de existir sin disculpas.
    La relación entre el narrador y su ritual de escritura nocturna está descrita con una delicadeza que roza lo sagrado. Cada detalle —la lámpara que titila, la mesa con sus sillas desiguales, la tinta que fluye como sangre tibia— contribuye a crear una atmósfera de intimidad confesional que envuelve al lector como un abrazo silencioso.
    Este capítulo debería ser lectura obligatoria para cualquiera que haya enfrentado la soledad después de una separación o pérdida. Salazar no ofrece soluciones fáciles ni finales felices; ofrece algo más valioso: compañía en la oscuridad y la certeza de que incluso en las noches más largas, escribir puede ser "una forma de no dejar de amar".
    Una obra maestra dentro de la obra maestra. Literatura que sana mientras cuenta, que acompaña mientras narra, que ilumina los rincones más oscuros del alma humana con la lámpara temblorosa pero fiel de las palabras bien elegidas.
    "Porque hay muertos que siguen hablando, y hay nostalgias que, cuando se escriben, dejan de ser solo nostalgia para convertirse en literatura."
    Así termina este capítulo, y así comenzó mi necesidad urgente de recomendar este libro a cada persona que conozco.

    Calificación: ⭐⭐⭐⭐⭐
    Recomendado para: Lectores de memorias literarias, personas en procesos de duelo, amantes de la prosa poética, cualquiera que haya experimentado la soledad transformadora.

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  2. Alberto Mendoza ⭐⭐⭐⭐⭐
    Ingeniero jubilado, padre de familia
    A mis sesenta y ocho años creía que ya había leído todo lo que podía tocar mi corazón, pero este libro me demostró lo contrario. La relación entre Abelardo y su hijo Mauricio me recordó mi propia experiencia como padre tratando de mantener vínculos familiares a través de los cambios y las distancias. Hay una sabiduría serena en estas páginas que solo puede venir de alguien que ha aprendido a encontrar belleza en las heridas. Me quedé especialmente con esa imagen de las memorias como "jardín secreto donde pueden crecer, juntas y sin contradecirse, las flores del recuerdo y las semillas del porvenir". Un libro que se lee con el corazón y se recuerda con el alma. Una lección magistral sobre cómo envejecer con dignidad y sin amargura.
    Le doy mi calificación excelente.. ⭐⭐⭐⭐⭐

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