32 El arte de soltar

 Capítulo 32

El arte de soltar

Nadie nos enseña a despedirnos. Nos enseñan a llegar, a conquistar, a retener —pero no a soltar. Y sin embargo, la vida entera es un largo aprendizaje de despedidas: del vientre que nos cobijó, de los dientes que caen, de la casa donde fuimos niños, de los amigos que el tiempo dispersa como semillas al viento, de los padres que un día se vuelven fotografía y silencio. Despedirse es el oficio secreto de los vivos, el que nadie menciona en las escuelas pero que todos, tarde o temprano, debemos dominar si queremos caminar sin que el peso de lo perdido nos hunda las rodillas.

Hay despedidas que anuncian su llegada con tiempo suficiente para preparar el alma —la enfermedad larga, el viaje que se aproxima, el hijo que empaca sus maletas hacia una vida propia—, y hay otras que caen como rayos en cielo despejado, sin advertencia, sin piedad, dejándonos con las palabras atragantadas en la garganta y el abrazo que nunca dimos pudriéndose entre los dedos. Ambas duelen. Pero las segundas dejan una herida distinta: la del remordimiento, la de lo incompleto, la de haber creído que el tiempo era infinito cuando siempre fue, desde el principio, un préstamo a plazo fijo.

Sombra me observa desde su rincón favorito, junto a la ventana donde la luz de la tarde dibuja rectángulos dorados sobre el piso de madera. A veces pienso que los gatos entienden mejor que nosotros el arte de soltar. No se aferran. No acumulan. Viven cada momento con la intensidad de quien sabe que todo es pasajero —el rayo de sol que persiguen, el calor de las piernas donde se acurrucan, la vida misma que habitan con elegancia despreocupada—. Nosotros, en cambio, cargamos baúles llenos de lo que fue, arrastramos cadenas de recuerdos que ya no nos pertenecen, nos negamos a aceptar que las manos están hechas para abrirse, no para cerrarse en puño eterno.

He perdido tanto a lo largo de estos setenta y cuatro años que a veces me sorprende seguir entero. Perdí la patria cuando Colombia se volvió un territorio minado de miedos. Perdí la juventud sin darme cuenta, como se pierde el agua entre los dedos cuando uno intenta retenerla. Perdí amigos que murieron demasiado jóvenes y otros que simplemente se diluyeron en la distancia, volviéndose primero cartas esporádicas, luego silencios, luego apenas nombres en una libreta que ya nadie consulta. Perdí amores que creí eternos y que resultaron ser apenas estaciones de paso, escenografías provisionales donde ensayé torpemente el arte de querer. Perdí a mis padres —primero a uno, luego al otro— y con ellos perdí también la posibilidad de ser hijo, ese rol que nos ancla a la infancia aunque tengamos el pelo blanco y las manos llenas de manchas.

Pero lo que más me costó aprender fue esto: que perder no es lo mismo que soltar. Perder es pasivo, es algo que nos sucede sin nuestro consentimiento, un robo del destino que nos deja aturdidos y vacíos. Soltar, en cambio, es un acto de voluntad, una decisión consciente de abrir la mano y dejar que lo que amamos siga su curso natural, aunque ese curso lo aleje de nosotros para siempre. Perder duele porque nos sorprende desarmados. Soltar duele también, pero con un dolor distinto: el dolor limpio de quien entiende que amar nunca fue poseer, sino acompañar mientras el camino coincide.

Mi madre lo sabía. Lo supe el día que la vi despedirse de su propia madre con una serenidad que entonces me pareció frialdad y que ahora reconozco como sabiduría destilada en décadas de pequeñas pérdidas. No lloró. No se aferró a la mano que ya se enfriaba. Simplemente se inclinó, besó la frente que tantas veces la había besado a ella, y susurró algo que no alcancé a escuchar pero que imagino era una forma de decir gracias por todo, ya puedes irte, yo me quedo pero te llevo. Después salió de la habitación con paso firme, y solo cuando estuvo sola en el jardín, entre los rosales que su madre había plantado años atrás, dejó que las lágrimas cayeran —pero eran lágrimas de despedida cumplida, no de aferramiento trunco—.

Los que no saben despedirse arrastran cadenas. Los he visto. Son los que hablan de los muertos como si siguieran vivos, negándoles el derecho a descansar. Los que guardan habitaciones intactas durante años, museos del dolor que no permiten que entre aire nuevo. Los que convierten el duelo en identidad, vistiendo su pérdida como uniforme permanente, incapaces de imaginar una versión de sí mismos que no esté definida por lo que ya no está. No los juzgo. Entiendo la tentación de petrificar el dolor para no tener que atravesarlo. Pero he aprendido que el duelo estancado se convierte en pantano, y en los pantanos no crece nada —solo mosquitos y resentimiento—.

Los que aprenden a despedirse, en cambio, caminan ligeros aunque lleven el corazón lleno de cicatrices. No olvidan —olvidar sería traición—, pero transforman el recuerdo en algo portable, en equipaje de mano en lugar de baúl de hierro. Llevan a sus muertos en el bolsillo del alma, los consultan en momentos de duda, les hablan en voz baja cuando nadie escucha, pero no les exigen que vuelvan. Saben que el amor no termina con la despedida; simplemente cambia de forma, como el agua que se vuelve vapor y sigue siendo agua aunque ya no podamos tocarla.

Pienso en todas las despedidas que me quedan por hacer. De este aposento que se ha vuelto mi geografía entera. De las calles de Montreal que ya conozco con los ojos cerrados, cada grieta en la acera, cada árbol que he visto mudar de estación en estación. De la nieve que primero odié y que ahora me parece la forma que tiene el silencio de volverse visible. De Sombra, si es que Sombra es algo más que proyección de mi soledad, algo más que el nombre que le puse a la compañía que necesitaba inventar para no hablar solo. De Mauricio, aunque esa despedida sea al revés —él me despedirá a mí, y espero haberle enseñado a hacerlo bien, sin cadenas, sin culpas, con la mano abierta y el corazón agradecido—.

Hay una última despedida que ensayo cada noche cuando cierro los ojos: la de mí mismo. La del hombre que fui y que ya no soy. Porque también nos despedimos de nuestras versiones anteriores, de los yos que fuimos y que quedaron atrás como pieles de serpiente en el camino. El niño de San Carlos que trepaba guayabos ya no existe más que en destellos de memoria sensorial. El joven que creyó que el amor lo salvaría de todo murió hace décadas, aunque tardé en enterrarlo. El padre primerizo que sostuvo a Mauricio con manos temblorosas de miedo y asombro se fue transformando lentamente en este viejo que ahora lo mira con orgullo y melancolía entremezcladas. Cada versión tuvo que morir para que naciera la siguiente. Cada despedida de mí mismo fue un pequeño duelo que no reconocí como tal hasta que el tiempo me dio la perspectiva suficiente para ver el patrón.

Despedirse bien es la última forma de honrar lo que fue. Es decir te amé mientras estuviste, te agradezco lo que me diste, ahora te dejo ir porque eso es lo que el amor exige. Es reconocer que nada nos pertenece —ni las personas, ni los lugares, ni siquiera el cuerpo que habitamos— y que todo lo que tuvimos fue prestado, un regalo temporal que debemos devolver cuando llegue la hora. Los budistas hablan de desapego, pero la palabra siempre me pareció fría, insuficiente. No se trata de no amar para no sufrir. Se trata de amar con la conciencia de la impermanencia, de abrazar sabiendo que todo abrazo es también un ensayo de despedida.

Afuera, el cielo de octubre se tiñe de ese azul profundo que precede a la noche, ese azul que parece contener todas las despedidas del mundo, todos los atardeceres que alguien miró sabiendo que sería el último, todas las ventanas donde alguien esperó un regreso que nunca llegó. Sombra bosteza y estira las patas delanteras, ajena a mis cavilaciones, bendecida con la gracia de vivir sin el peso del tiempo futuro. El reloj de la repisa —ese reloj que obedece sus propias leyes— marca una hora que podría ser cualquiera, porque cuando se habla de despedidas, el tiempo pierde su tiranía: todo es siempre ahora, y ahora es siempre el único momento que realmente poseemos.

Mauricio me preguntó una vez, hace años, por qué no lloraba en los funerales. Le respondí algo evasivo, algo sobre la fortaleza y la dignidad, pero la verdad era otra: no lloraba porque ya había llorado antes, en privado, cuando la despedida todavía era posibilidad y no certeza. Había aprendido —a golpes, como se aprende todo lo importante— que las lágrimas más honestas son las que nadie ve, las que caen en la madrugada cuando el mundo duerme y el alma puede finalmente quitarse la armadura. Los funerales me parecían despedidas tardías, ceremonias para los que se quedaron más que para el que se fue. El verdadero adiós lo decía antes, cuando todavía había ojos que pudieran verme, manos que pudieran sentir mi apretón, oídos que pudieran escuchar mi gracias.

Quizás por eso escribo. Escribir es una forma de despedirse en vida, de dejar dicho lo que de otro modo se quedaría atascado en el pecho. Cada página es un testamento emocional, una carta a los que vendrán después, un esto fui, esto sentí, esto aprendí en mi paso breve por el mundo. Los que escriben no temen tanto a la muerte porque saben que algo de ellos quedará resonando en las palabras, como el eco en una habitación vacía, como el perfume que persiste después de que quien lo usaba se ha marchado.

Pienso en mi padre, que nunca escribió nada pero que dejó su legado en gestos: la forma de apretar los labios cuando pensaba, el modo de inclinar la cabeza para escuchar mejor, el ritual de leer el cielo antes de salir de casa. Esos gestos viven ahora en mí, y vivirán mañana en Mauricio, y quizás algún día en alguien que aún no ha nacido. Esa es otra forma de escritura, más sutil: la que se inscribe en los cuerpos de los que amamos, en sus posturas, en sus hábitos, en las pequeñas manías que heredan sin saber que están heredando. Nos despedimos con el cuerpo mucho antes de que el cuerpo se despida de nosotros.

Y sin embargo, hay despedidas que no sé cómo hacer. Despedirme de la esperanza, por ejemplo —esa inquilina terca que sigue habitando algún rincón del pecho aunque la razón le diga que no queda mucho por esperar—. Despedirme de la posibilidad de volver a pisar tierra colombiana, de sentir el sol del trópico en la piel, de escuchar el acento paisa en las calles que me vieron nacer. Despedirme de la ilusión de que todavía hay tiempo para todo lo que postergué, para los libros que no escribí, para los viajes que no hice, para las palabras que guardé pensando que habría otra oportunidad. Esas despedidas son las más difíciles, porque no tienen un objeto claro, un rostro al que mirar mientras se dice adiós. Son despedidas de fantasmas, de versiones alternativas de la vida que nunca llegaron a materializarse pero que siguen flotando en algún pliegue del deseo.

Pero quizás eso también sea parte del aprendizaje: aceptar que hay despedidas que quedarán inconclusas, cabos sueltos que el tiempo no permitirá atar. No todo se cierra con elegancia. No todo encuentra su resolución antes del telón final. Y está bien. Hay una humildad en aceptar lo incompleto, en reconocer que somos borradores que nunca se pasaron en limpio, bocetos que el artista abandonó antes de terminar. La vida no es una novela bien construida donde cada hilo narrativo se resuelve antes del punto final. Es más bien un cuaderno de notas, lleno de tachaduras y márgenes garabateados, de ideas a medio desarrollar y frases que nunca encontraron su conclusión.

El viento golpea suavemente la ventana, trayendo consigo el olor de las hojas que se descomponen en las aceras. Octubre huele siempre a despedida, a mundo que se prepara para el sueño largo del invierno, a naturaleza que suelta sin resistencia lo que ya cumplió su ciclo. Los árboles no lloran sus hojas. Las dejan ir con la confianza de quien sabe que soltar es la condición para renacer, que el invierno es necesario para que la primavera tenga sentido, que la muerte de lo viejo es el abono de lo que vendrá.

Sombra se acerca y se frota contra mis piernas, ronroneando esa vibración que parece contener toda la sabiduría del universo en su simplicidad. Le acaricio el lomo mientras pienso en todas las manos que me acariciaron a mí a lo largo de los años —la de mi madre cuando tenía fiebre, la de amantes cuyos nombres ya no recuerdo, la de Mauricio cuando era pequeño y buscaba consuelo—. Manos que ya no existen o que se han alejado tanto que es como si no existieran. Manos de las que me despedí sin saber que me estaba despidiendo, porque así funcionan las despedidas más crueles: disfrazadas de hasta luego, de nos vemos pronto, de cualquier frase que niegue la posibilidad del nunca más.

Si pudiera enseñar algo —si estas pinceladas sirvieran de lección para alguien que todavía cree que tiene tiempo infinito—, sería esto: despídanse mientras puedan. No esperen al borde del abismo para decir lo que sienten. No guarden las palabras para un mañana que puede no llegar. Digan te quiero hasta que la frase se gaste, hasta que pierda solemnidad y se vuelva costumbre, porque en la costumbre hay una forma de verdad que lo extraordinario no alcanza. Abracen como si cada abrazo fuera el último, porque alguno lo será y no sabrán cuál. Miren a los ojos de quienes aman con la intensidad de quien está grabando una imagen para la eternidad, porque la memoria es traicionera y los rostros se desdibujan antes de lo que creemos.

Y cuando llegue la hora de soltar —porque llegará, siempre llega—, háganlo con las manos abiertas y el corazón agradecido. No se aferren. No conviertan el amor en cárcel ni el recuerdo en cadena. Dejen ir con la misma gracia con que el otoño deja ir sus hojas, confiando en que lo que se suelta no se pierde, solo se transforma. Que el amor no termina con la despedida; simplemente cambia de domicilio, se muda del mundo tangible al territorio de lo que fuimos, y desde ahí sigue brillando, tenue pero constante, como esas estrellas que llevan millones de años muertas pero cuya luz todavía nos alcanza.

Cierro los ojos. El ronroneo de Sombra se mezcla con el viento que silba entre los marcos de la ventana, y por un instante me parece escuchar otras voces mezcladas en el sonido —la de mi madre tarareando en la cocina, la de mi padre tosiendo en las madrugadas, la de amigos que hace décadas dejaron de respirar—. No es fantasía. Es la forma que tienen los muertos de recordarnos que las despedidas nunca son absolutas, que siempre queda un hilo invisible conectándonos con lo que amamos, un hilo que ni siquiera la muerte puede cortar del todo.

Cuando abro los ojos, la luz ha cambiado. El aposento está más oscuro, pero hay una cualidad distinta en la penumbra, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso, más cargado de presencias. Sombra ya no ronronea. Está inmóvil, mirando hacia el rincón donde la oscuridad es más profunda, donde nunca llega la luz de la lámpara.

Y entonces lo veo —o creo verlo—: un movimiento sutil, apenas un estremecimiento de las sombras, como si alguien que lleva mucho tiempo esperando finalmente decidiera dar un paso adelante.

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